Publicada en: http://web.elpatagondomingo.cl/2021/04/25/para-que-educar-en-el-siglo-xxi/
En la
columna de la semana pasada planteamos la necesidad de que en nuestro país se
inicie de una vez por todas la construcción
de un proyecto educativo nacional que termine con el laissez faire (dejar hacer) del mercado educativo que segrega a
nuestros jóvenes por condiciones socio económicas, culturales o de rendimiento.
Para ello, la primera cuestión que deberíamos abordar como sociedad democrática
y deliberante es ¿para qué educar en el siglo XXI?
Tras el
ocaso que supuso la dictadura para la educación de nuestro país, donde se
reemplazó el Emilio integral de Rousseau por una disciplina de cuartel cuya
mejor luz hacía referencia a un burdo conductismo, hoy al fin, estamos hablando
nuevamente de modelos de desarrollo para nuestro país. El Proyecto Educativo neoliberal en nuestro país ha significado la
ausencia de un Proyecto Educativo, tal como aquellas cosas que son pero que
no podemos describir, así mismo como el tiempo, se desarrolla el proyecto
educativo neoliberal. En su ausencia realiza el laissez faire educativo, donde el derecho a la educación de los
jóvenes y el deber a educar del Estado, pasa a manos de los empresarios movidos
por la mano invisible del mercado y la búsqueda de ganancia.
Frente a
la oportunidad que tenemos como sociedad de comenzar a crear nuestro propio
Proyecto Educativo nacional, todas y todos debemos conversar sobre ¿para qué
educar? En los tiempos que antecedieron al Estado subsidiario en educación,
estaba la idea de que debíamos educar para formar a los cuadros técnicos
capaces de empujar a nuestra industria nacional hacia el desarrollo, y con ella
a nuestra nación. Hoy, en el siglo XXI, ¿para qué hemos de educar?
Para
comenzar a dilucidar, debemos apuntar que el siglo XXI se presenta como un
presente y futuro de incertidumbre, donde posiblemente la única certeza que
tenemos es el cambio permanente. Ante este escenario, la educación de
nuestros jóvenes reviste una complejidad tremenda. Situados en este cruce
histórico de verdadero ‘cambio de época’, nuestros jóvenes se presentan ante
desafíos de gran relevancia de cuya resolución depende su futuro y el del
planeta Tierra como lo conocemos.
¿Para qué
debemos preparar a nuestros estudiantes? ¿Qué desafíos deberá enfrentar el
mundo en el 2050? Lo abrumador de estas preguntas nos aclara que más allá de
cualquier contenido en específico, nuestro aporte como ‘representantes de la
sociedad adulta’ (Hannah Arendt) a nuestros jóvenes es enseñarles a aprender a adquirir
las habilidades necesarias para enfrentar lo que sea que nos depare el futuro.
En definitiva, nuestro rol es habilitarlos para que puedan ser
auto-constructores de su presente y futuro, y puedan evadir la tentación de
dejarse arrastrar por las corrientes que les invitarán –por flojera a la
resistencia- a hipotecar su consciencia.
En ese
sentido, el horizonte para subvertir nuestro anquilosado, desprestigiado y anti
pedagógico modelo de escolarización debe ser el de crear en todos los niveles
una escuela democrática. Este
horizonte es clave en la enseñanza práctica del funcionamiento de las
instituciones que componen el Estado de Chile y en el ejercicio responsable de
la ciudadanía. Ambas competencias que el Currículum Nacional de Educación
supone para el Plan de Formación Ciudadana. En otro campo, la escuela
democrática permite el fomento y cultivo de valores asociados a la vida en
comunidad, la idea es hacer de la misma experiencia escolar una formación
cívica, que nos eduque en competencias para enfrentar la interacción virtuosa
entre seres humanos y nuestros como especie.
Realmente
nos urge una escuela que nos enseñe a convivir en sociedad más allá del
envoltorio específico que la vida social haya adquirido en un determinado
momento. No podemos seguir consintiendo que normas extemporáneas se pongan
por encima o siquiera a la par del derecho de recibir una educación. No es
ético desde un punto de vista pedagógico demandar vestimentas o cierto uso del
cabello en un establecimiento educativo. Menos, el exigir, como se instaló en
dictadura con el ramo de Religión, formación en el catequismo de una religión
en específico como el catolicismo o el evangelismo. Ojalá que prevalezca la asignatura
de Religión ¡donde aprendamos por qué nuestra especie en todas sus sociedades
ha desarrollado un campo espiritual religioso! Y no una asignatura cuyo docente
lo valida el arzobispo católico o el pastor de una iglesia evangélica. Es
increíble siquiera que, en nuestra educación nacional, tanto pública como
privada, la laicidad del conocimiento siga siendo un tema en cuestión.
Estamos convencidos que habilidades como el
pensamiento crítico, el análisis de la realidad, la empatía, la tolerancia a la
diversidad, la adaptabilidad junto a sus diversas herramientas de aplicación,
son aprendizajes indispensables en el futuro de nuestros jóvenes. La única
forma de educarnos realmente en los desafíos del siglo XXI es compatibilizando de una vez por todas y de manera
indisoluble a la escuela con la educación. Y transformar todo lo que sea
necesario para que nuestra escuela moderna se convierta en una gran aula para
el aprendizaje. Ya decía Maturana que la educación no es más que interacción, llegó
el momento de hacernos cargo de la educación desde la biología del amor.
Hermano, me gustó tu texto.
ResponderEliminarEn él se plantea una escuela que apunte hacia la modificación de ciertos elementos actuales para enfrentar, como dices, los desafíos de un futuro incierto. Pero, tomando la mención de Maturana, en la que se afirma que la educación es interacción, este rol no puede ser únicamente asumido por la escuela. Es decir, ante tal tarea, no puede ni debe ser solamente la escuela que asuma un rol educativo, sino que en la interacción (es decir: todos nosotros), debemos ser capaces de educar y auto educarnos. Creo que cada uno debemos asumir esa tarea formativa en nosotros y en colectivo, para que justamente no se reproduzcan estas narrativas divergentes sobre la educación, y tengamos un proyecto colectivo. Convertirnos y asumirnos en sujetos que están en aprendizaje. Es cierto también que debemos tener una entidad que coordine estos procesos, y de ahí el rol central de la escuela, pero sólo agregar que no se agota en eso, y que nos deja una responsabilidad individual y social mayor.
Un abrazo