El callejón se hace cada vez más estrecho y al
final del pasaje ya se divisa el letrero de no salida. La democracia protegida
se devela cada vez más como la dictadura de los grandes capitales que nos
dominan. El pulpo imperialista vuelve a mostrar –con soberbia- los palillos con los que teje en la región, y
sus socios liberales no han siquiera disimulado su complicidad.
La Guerra Fría que empezara el capital
monopólico del complejo militar industrial norteamericano en contra de las
alternativas de multilateralismo se renueva crudamente. En todo el mundo las
élites, ante la crisis del capitalismo, han articulado la emergencia del
fascismo con el bombo y platillo que le facilita el cuarto poder mediático,
para que una vez más, sea el fascismo quién acapare el descontento.
Frente a ese escenario, en Europa y América Latina las nuevas izquierdas se han erigido como la alternativa para impulsar las transformaciones al sistema neoliberal. La izquierda tradicional ha sucumbido en la corrupción o la renuncia ideológica.
Frente a ese escenario, en Europa y América Latina las nuevas izquierdas se han erigido como la alternativa para impulsar las transformaciones al sistema neoliberal. La izquierda tradicional ha sucumbido en la corrupción o la renuncia ideológica.
Sin embargo, aún no tenemos un liderazgo con
anclaje ideológico sólido que nos permita ir construyendo la fuerza social
revolucionaria capaz de sostener el proceso de transición de transformaciones
pos neoliberales. Pero, cuidado por las piedras, el escenario es bien
pedregoso. En primer lugar, el movimiento social ha tocado un techo en cuanto
capacidad de generación de cuadros dirigentes que empujen las luchas sociales.
Sin duda que aún se puede seguir desarrollando en términos horizontales:
estableciendo cadenas de equivalencia entre las distintas expresiones del
movimiento popular y mejorando sus cuadros de dirección. No obstante, todo
indica que el estrecho margen que ha dejado el modelo para la autoorganización
de los oprimidos ha sido ya copado por las organizaciones sociales que tenemos
como pueblo.
En ese contexto, el dilema trotkysta de la dirección para la generación de los procesos revolucionarios toca animosamente la puerta de quienes estamos organizados políticamente para transformar el modelo. Efectivamente, hoy las tareas pendientes del proceso de cambio dicen relación, sobretodo, en la consolidación de la dirección de la nueva izquierda.
En ese esfuerzo, es prioritario dejar el agrupamiento por caudillismos que vacían la discusión política para iniciar conversaciones ideológicas dentro de las organizaciones de la nueva izquierda agrupadas en el Frente Amplio. Asumir, con generosidad, un proceso que transparente la batería ideológica de cada corriente de nueva izquierda y discutir, en espacios seguros y formativos, sobre cómo vehiculizar las transformaciones que necesitamos. ¡Basta ese miedo a hablar las cosas como son! ¡Muerte al relato de la normalidad democrática y a la ficción de las transformaciones consensuadas! Venimos de un pasado doloroso, vivimos un presente doloroso, asumir aquello para que el futuro sea menos doloroso es la labor de toda persona que seriamente se plantee la generación de cambios sociales en nuestro país.
Mientras nosotros nos mantenemos desarmados ideológicamente, la lucha de clases avanza, y puede pillarnos nuevamente desprevenidos un momento de crisis orgánica del capitalismo donde en vez de transformarse en un sentido socialista, nuevamente la clase trabajadora pague los platos rotos de la acumulación caprichosa de una minoría.
La fórmula portuguesa o uruguaya en Chile es
una mala utopía. La renuncia ideológica del progresismo criollo hace inviable
un proyecto de transformación con alianzas tejidas hacia el centro o una
burguesía nacional que ha demostrado ser raquítica. Esto revela el principal
riesgo al que nos enfrentamos al plantearnos la disputa del poder estatal sin
una estrategia total para la disputa del poder real: oxigenar el modelo
neoliberal con un recambio de élite dirigente. Ya que, tal como dijo Marx hace
dos siglos, el Estado es un consejo de administración de los intereses de la
burguesía.
Si bien nuestro programa no puede ni debe ser más que un programa socialdemócrata (cuya potencia socialista está en reconceptualizar lo público como lo popular); está de todas maneras entrelazado con tareas socialistas, ya que implica la construcción de fuerza social revolucionaria para empujar las transformaciones ante la insistente –y violenta- reacción de las clases dominantes. Dicha construcción es orgánica y subjetiva, y para ello, necesitamos las claridades ideológicas, la formación política necesaria.
¿Qué es lo que caracteriza iniciar entre nosotros una discusión político ideológica en clave revolucionaria? Implica la pregunta por el poder real en un contexto de guerra hipotética en contra de la burguesía. Donde la burguesía mantiene y expande su hegemonía por medio de la fuerza del Estado. Esa sencilla clave de Lenin, muchos la pasan por obvia, y así la olvidan. Lamentablemente, en Chile tenemos más de 5.000 muertos encargados de recordárnosla permanentemente, y bien que así sea, ya que no podemos darnos el lujo de perder nuevamente esta lucha política. Perdón, de clases.
En ese sentido, podremos iniciar la atrasada tarea militar en nuestro país. Es prioritario tejer una alianza cívico militar contra el modelo neoliberal. El blindaje institucional de la dictadura más fuerte, que protege nuestra democracia de proyectos alternativos a la Doctrina de Seguridad Nacional de los Estados Unidos y del modelo neoliberal. Hay que bregar activamente por erosionar el muro que construyeron entre la sociedad civil y las fuerzas armadas, ya no bastará como se hizo durante la Unidad Popular, emular sus tambores en los himnos y utilizar sus imágenes en la propaganda y murales. Hoy es fundamental una reforma estructural apenas sea posible que rompa con el escalafón diferenciado, que socialice las instalaciones de las fuerzas armadas para el goce de la sociedad civil, que nos permita a la sociedad civil y a las fuerzas armadas de Chile compartir una misma sala de clases en la Universidad, entre tantas medidas más que se podrían incorporar…
¿Podremos hacerlo? Imposible no recordar al General Director de Carabineros resistiendo la renuncia que le solicitara el Presidente de derecha. La reacción será temible desde el día uno. Por ello es fundamental allanar el camino, construir las bases, los diagnósticos sociales para posibilitar esos cambios. Apuntar en primer lugar en aquellos lugares sensibles que sufren las clases populares dentro de las fuerzas armadas y de orden, y abrir los canales de dialogo que nos permitirán llevar adelante el programa para recuperar la fuerza del Estado de Chile para los intereses nacionales.

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