lunes, 10 de junio de 2019

La antipedagógica Evaluación Docente


En una entrevista televisiva hace pocos días, los dirigentes gremiales del Liceo Josefina Aguirre Montenegro relatamos una anécdota. Un colega nuestro fue clasificado “básico” en su desempeño profesional, por segunda vez. Si obtiene ese mismo resultado en una tercera ocasión, no podrá volver a hacer clases. Sabiendo lo anterior, el profesor aludido solicitó que se le transparenten las rúbricas y criterios de su evaluación. La respuesta de la Superintendencia fue sencilla: no es posible hacer públicas la rúbrica con que fue evaluado, pues ello es contrario al “espíritu” de la Evaluación Docente.
Sería tramposo entregarle la rúbrica, se podría argumentar, pues ese docente se la mostrará a sus colegas, quienes podrán diseñar una clase a la medida para ser bien evaluados. Sin embargo, ¡exactamente esa es la idea!
Toda la discusión contemporánea sobre educación señala que la evaluación debe ser una herramienta para el aprendizaje. De nada sirve que el profesor o la profesora le cante la nota al estudiante y después siga con la materia; es indispensable explicar qué se está evaluando, cómo se puede mejorar el desempeño, y diseñar un proceso formativo para alcanzar esas metas. Los resultados de la evaluación se convierten en un insumo para identificar falencias en el aprendizaje, y según eso, adecuar las estrategias pedagógicas; a su vez, le permiten a el o la estudiante conocer qué es lo que se considera un ‘logro’ en determinada materia, y los aspectos que todavía debe trabajar para alcanzarlo.
Lo anterior tiene como premisa básica que los criterios de evaluación deben ser previamente conocidos por la persona que será evaluada, pues de lo contrario no podrá identificar qué se espera de su desempeño, ni cómo mejorarlo. El propio Ministerio de Educación adscribe a estas visiones sobre la evaluación educativa: en el Marco para la Buena Enseñanza, documento guía de la práctica docente en Chile, se señala que “es de alta importancia que el profesor elabore con ellos [los estudiantes] o les comunique los criterios que utilizará para evaluar sus diversos productos, orientándolos hacia los aprendizajes que espera lograr.” El mismo principio pedagógico rige para la Evaluación Docente: En sus directrices para retroalimentar las prácticas pedagógicas entre pares, el MINEDUC señala que “la observación de la clase supone, por un lado, que observador y observado han acordado previamente una serie de criterios que facilitarán la posterior retroalimentación, tales como: el foco de la observación (por ejemplo: la retroalimentación a los estudiantes, la promoción de la participación de los estudiantes, las explicaciones desarrolladas, entre otras), la forma de registrar las evidencias, y el espacio para la reflexión conjunta”.
Ahora, volvamos al docente que no pudo conocer la rúbrica de su evaluación. Cómo dirigentes consideramos irrisorio que el MINEDUC no cumpla sus propios estándares al momento de desarrollar la Evaluación Docente. Si el profesorado desconoce cómo está siendo calificado, la evaluación es inútil para mejorar su práctica profesional.
Entonces, si no es la mejora, ¿cuál es el “espíritu” de la Evaluación Docente? La única respuesta posible es que la evaluación es un mecanismo que sirve exclusivamente para clasificar al profesorado según su nivel de salario. Este modelo retrocede unos 60 años de discusión pedagógica, a un paradigma donde la evaluación es una herramienta para el castigo, según el cual “a golpes se aprende”. ¿Queremos mejorar la educación chilena, o queremos “sacar las manzanas podridas del cajón”, a costa de sufrir un descomunal déficit de docentes en el futuro? Está archi demostrado que jamás, ningún estudiante en la historia, logró aprendizajes más significativos a punta de correazos o humillaciones frente al curso; de la misma forma, ningún docente mejorará su práctica pedagógica sin perfeccionamiento profesional adecuado, con una formación inicial deficiente, y con amenazas de reducciones de su salario o expulsión del sistema. Ahí está la paradoja del sistema de Evaluación Docente: en el corazón del sistema educativo, el modelo es profundamente antipedagógico.
-       Benjamín Infante, Secretario del Consejo Gremial del Liceo Josefina Aguirre Montenegro. Miembro de Red Docente Siglo XXI y militante de Convergencia Social.

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