En una entrevista televisiva hace
pocos días, los dirigentes gremiales del Liceo Josefina Aguirre Montenegro
relatamos una anécdota. Un colega nuestro fue clasificado “básico” en su
desempeño profesional, por segunda vez. Si obtiene ese mismo resultado en una
tercera ocasión, no podrá volver a hacer clases. Sabiendo lo anterior, el
profesor aludido solicitó que se le transparenten las rúbricas y criterios de
su evaluación. La respuesta de la Superintendencia fue sencilla: no es posible
hacer públicas la rúbrica con que fue evaluado, pues ello es contrario al
“espíritu” de la Evaluación Docente.
Sería
tramposo entregarle la rúbrica, se podría argumentar, pues ese docente se la
mostrará a sus colegas, quienes podrán diseñar una clase a la medida para ser
bien evaluados. Sin embargo, ¡exactamente esa es la idea!
Toda la
discusión contemporánea sobre educación señala que la evaluación debe ser una
herramienta para el aprendizaje. De nada sirve que el profesor o la profesora
le cante la nota al estudiante y después siga con la materia; es indispensable
explicar qué se está evaluando, cómo se puede mejorar el desempeño, y diseñar
un proceso formativo para alcanzar esas metas. Los resultados de la evaluación
se convierten en un insumo para identificar falencias en el aprendizaje, y
según eso, adecuar las estrategias pedagógicas; a su vez, le permiten a el o la
estudiante conocer qué es lo que se considera un ‘logro’ en determinada
materia, y los aspectos que todavía debe trabajar para alcanzarlo.
Lo anterior
tiene como premisa básica que los criterios de evaluación deben ser previamente
conocidos por la persona que será evaluada, pues de lo contrario no podrá
identificar qué se espera de su desempeño, ni cómo mejorarlo. El propio
Ministerio de Educación adscribe a estas visiones sobre la evaluación
educativa: en el Marco para la Buena Enseñanza, documento guía de la práctica
docente en Chile, se señala que “es de alta importancia que el profesor elabore con ellos [los
estudiantes] o les comunique los criterios que utilizará para evaluar sus
diversos productos, orientándolos hacia los aprendizajes que espera lograr.”
El mismo principio pedagógico rige para la Evaluación Docente: En sus
directrices para retroalimentar las prácticas pedagógicas entre pares, el
MINEDUC señala que “la observación de la
clase supone, por un lado, que observador y observado han acordado previamente
una serie de criterios que facilitarán la posterior retroalimentación,
tales como: el foco de la observación (por ejemplo: la retroalimentación a los
estudiantes, la promoción de la participación de los estudiantes, las
explicaciones desarrolladas, entre otras), la forma de registrar las
evidencias, y el espacio para la reflexión conjunta”.
Ahora,
volvamos al docente que no pudo conocer la rúbrica de su evaluación. Cómo
dirigentes consideramos irrisorio que el MINEDUC no cumpla sus propios
estándares al momento de desarrollar la Evaluación Docente. Si el profesorado
desconoce cómo está siendo calificado, la evaluación es inútil para mejorar su
práctica profesional.
Entonces, si
no es la mejora, ¿cuál es el “espíritu” de la Evaluación Docente? La única
respuesta posible es que la evaluación es un mecanismo que sirve exclusivamente
para clasificar al profesorado según su nivel de salario. Este modelo retrocede
unos 60 años de discusión pedagógica, a un paradigma donde la evaluación es una
herramienta para el castigo, según el cual “a golpes se aprende”. ¿Queremos
mejorar la educación chilena, o queremos “sacar las manzanas podridas del
cajón”, a costa de sufrir un descomunal déficit de docentes en el futuro? Está
archi demostrado que jamás, ningún estudiante en la historia, logró
aprendizajes más significativos a punta de correazos o humillaciones frente al
curso; de la misma forma, ningún docente mejorará su práctica pedagógica sin
perfeccionamiento profesional adecuado, con una formación inicial deficiente, y
con amenazas de reducciones de su salario o expulsión del sistema. Ahí está la
paradoja del sistema de Evaluación Docente: en el corazón del sistema educativo,
el modelo es profundamente antipedagógico.
-
Benjamín Infante, Secretario del Consejo Gremial del
Liceo Josefina Aguirre Montenegro. Miembro de Red Docente Siglo XXI y militante
de Convergencia Social.

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