Las elecciones recién pasadas en nuestro
hermano país hacen que retumbe la sentencia de Teotonio Dos Santos sobre el dilema latinoamericano entre el socialismo
o el fascismo. En la segunda vuelta peruana no hay medias tintas, o se está
con el fascismo o con la izquierda para realizar las transformaciones socio
económicas necesarias para que Perú supere la profunda crisis a la que se
enfrenta.
Las
apuestas políticas desde el progresismo socialdemócrata fracasaron al bajar
Verónica de un auspicioso 18% en 2016 a un 7% al 2021. Su campaña fue impecable
y más allá de haber sido ensuciada por casos de corrupción en Juntos por el
Perú, analistas del “Colectivo de Redacción Nuestra Bandera” explican que el retroceso de Verónica se explica sobre todo
por su cesión a los lugares comunes que le fueron impuestos por la oligarquía
peruana. Así, se desquitó del color rojo que le fuera impuesto y la
socialdemocracia y la oligarquía peruana le endosaron como una maldición ese
color a Pedro Castillo, mientras que Verónica se vestía de un cómodo verde. Sin
embargo, aparentemente, y contra los diagnósticos de los discursos centristas,
el color rojo rinde electoralmente en estos tiempos de crisis mundial del
capital.
La
fragmentación de la izquierda peruana es
un espejo de nuestra derrota pasada y futura. Su unidad es la única fórmula
para superar el estancamiento en el que se encuentra y logre superar el trauma
de Sendero que la dictadura fujimorista se esfuerza en revivir con el
beneplácito de los centristas que se sirven del discurso condenatorio para
realzarse como alternativa de paz. Lo que no deben olvidar socialdemócratas de
Juntos por el Perú y los marxistas de Perú Libre es que al frente tenemos a
Keiko Fujimori, imputada por lavado de activos quien en su campaña prometió
indultar a su padre que está condenado por crímenes de lesa humanidad y
vanagloria su dictadura que instaló en Perú el neoliberalismo como en Chile, a
punta de sangre y fuego.
Si
sumamos los números, la unidad
antifascista, la unidad de la izquierda y el progresismo, pueden vencer en la
segunda vuelta del 28 de julio próximo. Claro que esto requiere gestos
tanto de Perú Libre como de Juntos por el Perú como principal articulación de
una izquierda fragmentada, y más allá aún, si se quiere conminar a las demandas
por derechos sexuales y reproductivos para construir una mayoría que no sólo
sea capaz de ganar las elecciones, sino que además posicione un proyecto de
país que logré sacar al Perú de la crisis económica, la pandemia y la
corrupción. Perú Libre debe abandonar su agenda conservadora y Juntos por el
Perú debe superar su beneplácito con el centro político que le llevó por
presiones respecto a Venezuela a señalar “estar en contra de la dictadura de Maduro”.
Perú nos recuerda que esto que algunos llaman política es en realidad lucha de
clases.
La
tarea enfrente es gigantesca, si a Verónica le dijeron “terrorista” en la cara
y le revelaron “evidencias” de su vinculación con Sendero Luminoso, nada menos se
puede esperar a que hagan con Pedro Castillo quien se ha mantenido de incógnito aún para el poder mediático. Van a tratar de destruirlo e
invocar el “sentido común democrático” para evitar cualquier suma a su apuesta
por llegar a la Casa de Pizarro el próximo 28 de julio. Solo la unidad programática más amplia del antifascismo puede evitar
que llegue al gobierno del hermano país el fascismo.

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