¿Qué es
el tiempo? Para definir el tiempo debemos de desapegarnos de algo que nos
constituye, es como definir la vida, la muerte o el amor. Mientras para Nietzsche
el tiempo es la serie infinita de períodos similares, algo así como un eterno
retorno, para Aristóteles es lo que está antes y después de algo. Para él, el
tiempo es siempre distinto. Tal como con la vida, la muerte o el amor, lo mejor
que podemos con el tiempo es compartir
experiencias en vez de definirlo. En Historia, lo que tenemos claro es que
el tiempo no deja de transcurrir ¡aún no inventan una máquina que lo frene! Y
junto con él transforma irreversiblemente la sociedad humana, sus
contradicciones y modelos de desarrollo.
El Liceo
Josefina Aguirre fue fundado en 1963 con la impronta del modelo de desarrollo
hacia adentro desplegado entre 1930 y 1973 en nuestro país. Este modelo,
profesaba una educación integral dirigida a formar personas capacitadas para
enfrentar los desafíos que el modelo de industrialización planteaba. En
especial, se requerían cuadros técnicos capaces de dirigir los esfuerzos
productivos con diversos niveles de industrialización en la costa y en el campo
de Aysén. Esa claridad de proyecto educativo, que entregaba una respuesta
cierta a la pregunta de ¿para qué educar? Hizo posible que los profesores
trabajasen sin cobrar sueldo un año entero y que la infraestructura original
del Liceo fuese autoconstruida por las familias que eran parte de la comunidad
educativa como la familia Felmer Klenner. Según relatan los hermanos Bate,
nietos de Josefina Aguirre y estudiantes de la primera generación del liceo,
esto fue posible porque se veía la educación
como “una empresa nacional”[1]. Un tiempo que no volverá,
pero que está ahí para aprender de él.
De la dictadura hasta ahora, la idea de un Proyecto Educativo Nacional ha sido
sacrificada en la piedra de la Libertad de Enseñanza. En Chile, la libertad
de enseñanza se ha escondido retóricamente detrás de un inocente ‘derecho a
elegir proyecto educativo’. Sin embargo, todo este tiempo ha servido para crear
un mercado educativo que segrega a los estudiantes según su capacidad de pago,
capital cultural y rendimiento. Vulnerando el derecho humano a recibir una
educación inclusiva y de calidad para todos y todas. Por culpa del tiempo,
irreversiblemente, hay miles de generaciones víctimas de la vulneración del
derecho a una educación inclusiva.
El transcurso
para desmontar la educación pública no fue menos traumático. Los Liceos
Fiscales pasaron a manos de los municipios, sufrieron un recorte de
financiamiento y les colgaron nombres que el humorista chileno Sergio Freire ha
catalogado como “nombres de misil”. En el caso del Liceo Josefina Aguirre, le
llamaron “B-2”. Junto con ello, la educación experimental que dominó las
políticas educativas durante los años 60’s cambió bruscamente a una disciplina
de cuartel de escaso contenido pedagógico, tanto así, que más allá del cambio
curricular orientado a honrar la Doctrina de Seguridad Nacional norteamericana,
es difícil definir la propuesta pedagógica de la dictadura dentro de las
corrientes de políticas públicas en educación más allá de un burdo conductismo.
Este proyecto educativo es que hemos heredado. El de la segregación por nichos
de mercado, de la agonía de lo público para la satisfacción de las necesidades
sociales por parte de privados. En estas últimas tres décadas, los liceos
particulares subvencionados cambiaron sus cifras drásticamente, pasaron de un
15% en 1981, a 32% en 1990 y hasta un 54% en 2014[2]. Nuestro presente es
siempre el recuerdo de nuestro pasado más inmediato.
De vez en
vez, algunos establecimientos educativos públicos logramos levantar cabeza, y
al hacerlo, pensamos que está todo por construir y no hay nada detrás nuestro,
salvo el pasado gris de los años 90. Usualmente
se nos olvidan las historias que precedieron a la instalación del mercado
educativo. Es muy simbólico, para entender este olvido, el que su
instalación haya costado la sangre de parte de la familia Felmer Klenner[3], quienes colaboraron con
la autoconstrucción del Liceo Fiscal de Coyhaique, actual Liceo Josefina. Como
habitantes del pasado que somos, esta memoria vive porfiadamente con nosotros y
nosotras. El tiempo nos excede, incluidos los esfuerzos para provocar el
olvido.
Hoy
vivimos el claroscuro en que fenece el paradigma del mercado en educación, y
cada vez más entendemos la necesidad de crear un Proyecto Educativo Nacional que ponga fin a la segregación
educativa que hace de la educación de calidad un imposible. Si la educación es
interacción ¿qué se puede aprender de la homogeneidad? Aclarada la necesidad de
un Proyecto Educativo más allá de la mano invisible, la interrogante que
permanece y a la que debemos volver cada cierto tiempo como sociedad democrática
con capacidad de definir por sí misma su destino es: ¿para qué educar?
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