lunes, 26 de abril de 2021

¿Para qué educar en el siglo XXI?

 Publicada en: http://web.elpatagondomingo.cl/2021/04/25/para-que-educar-en-el-siglo-xxi/




En la columna de la semana pasada planteamos la necesidad de que en nuestro país se inicie de una vez por todas la construcción de un proyecto educativo nacional que termine con el laissez faire (dejar hacer) del mercado educativo que segrega a nuestros jóvenes por condiciones socio económicas, culturales o de rendimiento. Para ello, la primera cuestión que deberíamos abordar como sociedad democrática y deliberante es ¿para qué educar en el siglo XXI?

Tras el ocaso que supuso la dictadura para la educación de nuestro país, donde se reemplazó el Emilio integral de Rousseau por una disciplina de cuartel cuya mejor luz hacía referencia a un burdo conductismo, hoy al fin, estamos hablando nuevamente de modelos de desarrollo para nuestro país. El Proyecto Educativo neoliberal en nuestro país ha significado la ausencia de un Proyecto Educativo, tal como aquellas cosas que son pero que no podemos describir, así mismo como el tiempo, se desarrolla el proyecto educativo neoliberal. En su ausencia realiza el laissez faire educativo, donde el derecho a la educación de los jóvenes y el deber a educar del Estado, pasa a manos de los empresarios movidos por la mano invisible del mercado y la búsqueda de ganancia.

Frente a la oportunidad que tenemos como sociedad de comenzar a crear nuestro propio Proyecto Educativo nacional, todas y todos debemos conversar sobre ¿para qué educar? En los tiempos que antecedieron al Estado subsidiario en educación, estaba la idea de que debíamos educar para formar a los cuadros técnicos capaces de empujar a nuestra industria nacional hacia el desarrollo, y con ella a nuestra nación. Hoy, en el siglo XXI, ¿para qué hemos de educar?

Para comenzar a dilucidar, debemos apuntar que el siglo XXI se presenta como un presente y futuro de incertidumbre, donde posiblemente la única certeza que tenemos es el cambio permanente. Ante este escenario, la educación de nuestros jóvenes reviste una complejidad tremenda. Situados en este cruce histórico de verdadero ‘cambio de época’, nuestros jóvenes se presentan ante desafíos de gran relevancia de cuya resolución depende su futuro y el del planeta Tierra como lo conocemos. 

¿Para qué debemos preparar a nuestros estudiantes? ¿Qué desafíos deberá enfrentar el mundo en el 2050? Lo abrumador de estas preguntas nos aclara que más allá de cualquier contenido en específico, nuestro aporte como ‘representantes de la sociedad adulta’ (Hannah Arendt) a nuestros jóvenes es enseñarles a aprender a adquirir las habilidades necesarias para enfrentar lo que sea que nos depare el futuro. En definitiva, nuestro rol es habilitarlos para que puedan ser auto-constructores de su presente y futuro, y puedan evadir la tentación de dejarse arrastrar por las corrientes que les invitarán –por flojera a la resistencia- a hipotecar su consciencia. 

En ese sentido, el horizonte para subvertir nuestro anquilosado, desprestigiado y anti pedagógico modelo de escolarización debe ser el de crear en todos los niveles una escuela democrática. Este horizonte es clave en la enseñanza práctica del funcionamiento de las instituciones que componen el Estado de Chile y en el ejercicio responsable de la ciudadanía. Ambas competencias que el Currículum Nacional de Educación supone para el Plan de Formación Ciudadana. En otro campo, la escuela democrática permite el fomento y cultivo de valores asociados a la vida en comunidad, la idea es hacer de la misma experiencia escolar una formación cívica, que nos eduque en competencias para enfrentar la interacción virtuosa entre seres humanos y nuestros como especie.

Realmente nos urge una escuela que nos enseñe a convivir en sociedad más allá del envoltorio específico que la vida social haya adquirido en un determinado momento. No podemos seguir consintiendo que normas extemporáneas se pongan por encima o siquiera a la par del derecho de recibir una educación. No es ético desde un punto de vista pedagógico demandar vestimentas o cierto uso del cabello en un establecimiento educativo. Menos, el exigir, como se instaló en dictadura con el ramo de Religión, formación en el catequismo de una religión en específico como el catolicismo o el evangelismo. Ojalá que prevalezca la asignatura de Religión ¡donde aprendamos por qué nuestra especie en todas sus sociedades ha desarrollado un campo espiritual religioso! Y no una asignatura cuyo docente lo valida el arzobispo católico o el pastor de una iglesia evangélica. Es increíble siquiera que, en nuestra educación nacional, tanto pública como privada, la laicidad del conocimiento siga siendo un tema en cuestión.

 Estamos convencidos que habilidades como el pensamiento crítico, el análisis de la realidad, la empatía, la tolerancia a la diversidad, la adaptabilidad junto a sus diversas herramientas de aplicación, son aprendizajes indispensables en el futuro de nuestros jóvenes. La única forma de educarnos realmente en los desafíos del siglo XXI es compatibilizando de una vez por todas y de manera indisoluble a la escuela con la educación. Y transformar todo lo que sea necesario para que nuestra escuela moderna se convierta en una gran aula para el aprendizaje. Ya decía Maturana que la educación no es más que interacción, llegó el momento de hacernos cargo de la educación desde la biología del amor.

 

 

 

viernes, 16 de abril de 2021

El otro tiempo en educación


 

¿Qué es el tiempo? Para definir el tiempo debemos de desapegarnos de algo que nos constituye, es como definir la vida, la muerte o el amor. Mientras para Nietzsche el tiempo es la serie infinita de períodos similares, algo así como un eterno retorno, para Aristóteles es lo que está antes y después de algo. Para él, el tiempo es siempre distinto. Tal como con la vida, la muerte o el amor, lo mejor que podemos con el tiempo es compartir experiencias en vez de definirlo. En Historia, lo que tenemos claro es que el tiempo no deja de transcurrir ¡aún no inventan una máquina que lo frene! Y junto con él transforma irreversiblemente la sociedad humana, sus contradicciones y modelos de desarrollo.

El Liceo Josefina Aguirre fue fundado en 1963 con la impronta del modelo de desarrollo hacia adentro desplegado entre 1930 y 1973 en nuestro país. Este modelo, profesaba una educación integral dirigida a formar personas capacitadas para enfrentar los desafíos que el modelo de industrialización planteaba. En especial, se requerían cuadros técnicos capaces de dirigir los esfuerzos productivos con diversos niveles de industrialización en la costa y en el campo de Aysén. Esa claridad de proyecto educativo, que entregaba una respuesta cierta a la pregunta de ¿para qué educar? Hizo posible que los profesores trabajasen sin cobrar sueldo un año entero y que la infraestructura original del Liceo fuese autoconstruida por las familias que eran parte de la comunidad educativa como la familia Felmer Klenner. Según relatan los hermanos Bate, nietos de Josefina Aguirre y estudiantes de la primera generación del liceo, esto fue posible porque se veía la educación como “una empresa nacional[1]. Un tiempo que no volverá, pero que está ahí para aprender de él.


Seguramente la canción “El baile de los que sobran” de Los Prisioneros nos suena mucho más cercana que este relato épico de una comunidad educativa comprometida con un Proyecto Nacional de Educación. Escrita en 1986, Los Prisioneros relatan la historia de aquellos estudiantes que no fueron ‘seleccionados’ en los liceos particulares subvencionados que entonces comenzaban a aparecer como los establecimientos favoritos del nuevo modelo educativo. En sintonía con el modelo de desarrollo hacia afuera que instalo en nuestro país la dictadura militar, el modelo educativo transitó de un Estado Docente a un Estado Subsidiario que delineó, vía subvención por asistencia, un gran ‘mercado educativo’. Y realizó esa conversión a través de una política rupturista de 20 años y no de un desarrollo progresivo. De ahí que las experiencias e historias del modelo de desarrollo anterior nos suenen tan ‘extrañas’. Hubo un esfuerzo sistemático en el tiempo para provocar desmemoria.

 De la dictadura hasta ahora, la idea de un Proyecto Educativo Nacional ha sido sacrificada en la piedra de la Libertad de Enseñanza. En Chile, la libertad de enseñanza se ha escondido retóricamente detrás de un inocente ‘derecho a elegir proyecto educativo’. Sin embargo, todo este tiempo ha servido para crear un mercado educativo que segrega a los estudiantes según su capacidad de pago, capital cultural y rendimiento. Vulnerando el derecho humano a recibir una educación inclusiva y de calidad para todos y todas. Por culpa del tiempo, irreversiblemente, hay miles de generaciones víctimas de la vulneración del derecho a una educación inclusiva.

 El transcurso para desmontar la educación pública no fue menos traumático. Los Liceos Fiscales pasaron a manos de los municipios, sufrieron un recorte de financiamiento y les colgaron nombres que el humorista chileno Sergio Freire ha catalogado como “nombres de misil”. En el caso del Liceo Josefina Aguirre, le llamaron “B-2”. Junto con ello, la educación experimental que dominó las políticas educativas durante los años 60’s cambió bruscamente a una disciplina de cuartel de escaso contenido pedagógico, tanto así, que más allá del cambio curricular orientado a honrar la Doctrina de Seguridad Nacional norteamericana, es difícil definir la propuesta pedagógica de la dictadura dentro de las corrientes de políticas públicas en educación más allá de un burdo conductismo. Este proyecto educativo es que hemos heredado. El de la segregación por nichos de mercado, de la agonía de lo público para la satisfacción de las necesidades sociales por parte de privados. En estas últimas tres décadas, los liceos particulares subvencionados cambiaron sus cifras drásticamente, pasaron de un 15% en 1981, a 32% en 1990 y hasta un 54% en 2014[2]. Nuestro presente es siempre el recuerdo de nuestro pasado más inmediato.

De vez en vez, algunos establecimientos educativos públicos logramos levantar cabeza, y al hacerlo, pensamos que está todo por construir y no hay nada detrás nuestro, salvo el pasado gris de los años 90. Usualmente se nos olvidan las historias que precedieron a la instalación del mercado educativo. Es muy simbólico, para entender este olvido, el que su instalación haya costado la sangre de parte de la familia Felmer Klenner[3], quienes colaboraron con la autoconstrucción del Liceo Fiscal de Coyhaique, actual Liceo Josefina. Como habitantes del pasado que somos, esta memoria vive porfiadamente con nosotros y nosotras. El tiempo nos excede, incluidos los esfuerzos para provocar el olvido.

Hoy vivimos el claroscuro en que fenece el paradigma del mercado en educación, y cada vez más entendemos la necesidad de crear un Proyecto Educativo Nacional que ponga fin a la segregación educativa que hace de la educación de calidad un imposible. Si la educación es interacción ¿qué se puede aprender de la homogeneidad? Aclarada la necesidad de un Proyecto Educativo más allá de la mano invisible, la interrogante que permanece y a la que debemos volver cada cierto tiempo como sociedad democrática con capacidad de definir por sí misma su destino es: ¿para qué educar?



[1] Entrevista realizada a Luis y Rosario Bate por medio del programa La Ventana del Liceo Josefina Aguirre.

[2] Fundación Sol. 2014.

[3] Jose Luis Felmer Klenner ex estudiante del Liceo Fiscal de Coyhaique. Ejecutado político en 1974.

El dilema peruano, fascismo o antifascismo


 

Las elecciones recién pasadas en nuestro hermano país hacen que retumbe la sentencia de Teotonio Dos Santos sobre el dilema latinoamericano entre el socialismo o el fascismo. En la segunda vuelta peruana no hay medias tintas, o se está con el fascismo o con la izquierda para realizar las transformaciones socio económicas necesarias para que Perú supere la profunda crisis a la que se enfrenta.

                Las apuestas políticas desde el progresismo socialdemócrata fracasaron al bajar Verónica de un auspicioso 18% en 2016 a un 7% al 2021. Su campaña fue impecable y más allá de haber sido ensuciada por casos de corrupción en Juntos por el Perú, analistas del “Colectivo de Redacción Nuestra Bandera” explican que el retroceso de Verónica se explica sobre todo por su cesión a los lugares comunes que le fueron impuestos por la oligarquía peruana. Así, se desquitó del color rojo que le fuera impuesto y la socialdemocracia y la oligarquía peruana le endosaron como una maldición ese color a Pedro Castillo, mientras que Verónica se vestía de un cómodo verde. Sin embargo, aparentemente, y contra los diagnósticos de los discursos centristas, el color rojo rinde electoralmente en estos tiempos de crisis mundial del capital.

                La fragmentación de la izquierda peruana es un espejo de nuestra derrota pasada y futura. Su unidad es la única fórmula para superar el estancamiento en el que se encuentra y logre superar el trauma de Sendero que la dictadura fujimorista se esfuerza en revivir con el beneplácito de los centristas que se sirven del discurso condenatorio para realzarse como alternativa de paz. Lo que no deben olvidar socialdemócratas de Juntos por el Perú y los marxistas de Perú Libre es que al frente tenemos a Keiko Fujimori, imputada por lavado de activos quien en su campaña prometió indultar a su padre que está condenado por crímenes de lesa humanidad y vanagloria su dictadura que instaló en Perú el neoliberalismo como en Chile, a punta de sangre y fuego.

                Si sumamos los números, la unidad antifascista, la unidad de la izquierda y el progresismo, pueden vencer en la segunda vuelta del 28 de julio próximo. Claro que esto requiere gestos tanto de Perú Libre como de Juntos por el Perú como principal articulación de una izquierda fragmentada, y más allá aún, si se quiere conminar a las demandas por derechos sexuales y reproductivos para construir una mayoría que no sólo sea capaz de ganar las elecciones, sino que además posicione un proyecto de país que logré sacar al Perú de la crisis económica, la pandemia y la corrupción. Perú Libre debe abandonar su agenda conservadora y Juntos por el Perú debe superar su beneplácito con el centro político que le llevó por presiones respecto a Venezuela a señalar “estar en contra de la dictadura de Maduro”. Perú nos recuerda que esto que algunos llaman política es en realidad lucha de clases.

                La tarea enfrente es gigantesca, si a Verónica le dijeron “terrorista” en la cara y le revelaron “evidencias” de su vinculación con Sendero Luminoso, nada menos se puede esperar a que hagan con Pedro Castillo quien se ha mantenido de incógnito aún para el poder mediático. Van a tratar de destruirlo e invocar el “sentido común democrático” para evitar cualquier suma a su apuesta por llegar a la Casa de Pizarro el próximo 28 de julio. Solo la unidad programática más amplia del antifascismo puede evitar que llegue al gobierno del hermano país el fascismo.

 

Deshacer el legado del gobierno en Educación


La diputada Camila Vallejos, Camila Rojas y Gonzalo Winter entre otros, presentaron un proyecto el 14 de abril del presente año para poner fin a la norma conocida como Aula Segura por faltar al derecho a la educación. Aunque parezca irrisorio, esta norma es la única que ha presentado el ejecutivo en relación a educación y constituye el 100% de lo realizado por este gobierno en materia educacional.
¿De qué se trata la ley Aula Segura? Fundamentalmente, otorgó mayores facultades a los directivos para la expulsión y cancelaciones de matrícula de manera unilateral con una efímera investigación de 5 días. El proyecto de ley es aprobado súbitamente por las presiones del gobierno a partir de “los hechos de violencia” acaecidos en el marco de las protestas del Instituto Nacional por más financiamiento y una reforma curricular que “actualice el currículum al siglo XXI” como señalara Rodrigo Pérez, presidente del Centro de Alumnos del primer foco de luz de la nación.



Esta ley fue la que hizo posible que el Coronel de Carabineros Pablo Capetillo, quién fue imputado y puesto en prisión preventiva por obstrucción a la justicia, se acercara impunemente a los establecimientos educativos de Coyhaique para solicitar las listas de los estudiantes que asistían a las manifestaciones. Esta ley posibilitó que estudiantes fueran excluidos del sistema educativo nacional y no pudieran hacer valer su derecho a una educación de calidad.
La ley de Aula Segura se fundamenta en la idea de que a las personas que se salen de la norma hay que excluirlas. La repetida teoría de la manzana podrida ha demostrado estar equivocada en sistemas tan basados en ella como la cárcel, más allá aún, en la escuela, es una aberración que alguien que sepa algo de educación lo plantee como una solución a la convivencia dentro de la escuela.
El único legado del gobierno de Sebastián Piñera en Educación será una ley de vida exigua que vino a mermar el derecho a la educación de miles de jóvenes. Aula Segura pasará al recuerdo como una norma que contraviene el espíritu mismo de la educación y de la interacción entre seres humanos, será parte de la muestra que en el futuro las nuevas generaciones mirarán sorprendidos al conocer la infancia de nuestra humanidad. Aquél tiempo en que creímos en la ley del más fuerte, aquél tiempo donde prevaleció el instinto cazador recolector sobre la cultura de la civilización aún en aquellos dispositivos de reproducción social como lo es la Educación.

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