sábado, 18 de julio de 2020

Allende: el retorno del mito

Allende: el retorno del mito





La figura de Allende vuelve cada cierto tiempo a nuestra memoria por una u otra excusa, el pasado sábado 11 de julio se conmemoraron 49 años de la nacionalización del cobre durante su gobierno. Y, antes de eso, el viernes 26 de junio se conmemoraron 112 años de su natalicio. Ambas fueron excusas poderosas para recordar, en términos etimológicos, volver a pasar por el corazón, la gesta de los mil días del gobierno de la Unidad Popular.

En cada una de estas excusas, ¿qué es lo que vuelve a nuestra memoria? Sería imposible especificar qué es lo que sucesivamente retorna, ya que en gran parte son sentimientos que se tornan imágenes de experiencias vividas. Como las sonrisas de los pobres caminando abrazados ese 04 de septiembre, el momento en que la democracia electoral se unió con los destinos del país y esas sonrisas honestas confirman que quizás por primera vez, los pobres tuvieron poder sobre el curso de la nación.

Es difícil expresar esos recuerdos, y puede aquí que el lector no me entienda, pero estos recuerdos son recordados aún por quienes no estuvimos presentes entre 1970 y 1973. Cuesta expresarlos, ya que inevitablemente entrañan una profunda emoción. Es extraño recordar una experiencia que no fue vivenciada y a la vez es irremediablemente cierto que la sentimos propia. Desde el psicoanálisis, está vastamente estudiada la ‘transmisión’ intergeneracional del trauma, dada la condición social de nuestra especie y el efecto que tiene en la memoria colectiva la vivencia de hechos violentos.

Estos traumas se pueden instalar profundamente en la memoria colectiva transmitiendo instintos aprendidos, expectativas y problemas relacionales generalizados. Los llamados millenials somos la tercera generación tras el quiebre abrupto de la democracia en nuestro país, en nosotros el trauma sigue vivo y el mito que retorna nos recuerda nuestra orfandad respecto a un Estado que no incluye a la población en las definiciones colectivas de la nación.

El trauma psicosocial tiene tres aspectos que lo definen: uno, su carácter contradictorio con el Estado e instituciones liberales; dos, su afectación sobre las relaciones sociales; y, tres, la necesidad de buscar las causas que lo explican[1]. De acuerdo a la experiencia comparada de la transmisión intergeneracional del trauma, en los casos del Holocausto judío[2], la tercera generación sintiéndose afectada por la experiencia negativa de la primera generación, puede abordar la necesidad de escudriñar sobre las causas del trauma psicosocial trasladando su aprendizaje a un presente marcado por la ocupación israelí del territorio palestino.

José Carlos Mariátegui, decía a propósito de la idea de que el Imperio Inca era socialista que “el mito es revolucionario”. En ese sentido, Allende es la síntesis de dos grandes constructos identitarios de nuestra historia nacional.

El primero, el mito de ser una nación resiliente que se levanta luego de cada cataclismo con más fuerza con la tarea inmensa de la reconstrucción. Somos los Sísifo empujando siempre para adelante la nación. Allende se empeñó toda su vida en el proyecto de construir el socialismo en nuestro país, sus tres campañas presidenciales antes de ser electo comenzaban un año antes de las votaciones y la de 1964 es particularmente notoria ya que se dedicó a viajar en tren por todo el territorio nacional, incluido nuestro querido Aysén sobre el cual tenía una especial preocupación como lo desarrolla Ariel Elgueta[3]. Allende empujó una y otra vez la roca cuesta arriba y cada vez que se cayó la volvió a acarrear, con la parsimonia que caracteriza el timbre metálico de sus últimas palabras.

El segundo mito, fundacional de nuestro relato patrio, es el mito de Arturo Prat Chacón. El abogado era un soñador, un idealista que frente al inmenso acorazado se lanza a la batalla contra todo cálculo de que fuera posible la victoria. La historia de la Esmeralda contra el Huáscar tiene una importancia vital en nuestra historia nacional y más aún en la identidad nacional. Desde el combate naval de Iquique, se comenzó a construir lo que hoy entendemos por ‘chilenidad’. Arturo Prat en contra del Huáscar es la historia de David contra Goliat, es Chile enfrentándose a la inclemencia de la naturaleza y Salvador Allende enfrentándose con su fusil en contra de los bombarderos y los tanques del ejército en el asalto a la Moneda.

Nuestro país se debate actualmente en las definiciones del modelo que va a reemplazar al neoliberal, lo que está en juego en términos históricos es la forma de producción y distribución de bienes y servicios en nuestro país, en otras palabras, el modo de producción.

Las formulas keynesianas están desahuciadas por sus mismos defensores, los 30 años de administración concertacionista, demuestran la radical falta de proyecto político de lo que se ha denominado ‘centro-izquierda’ en nuestro país. Por otro lado, las fórmulas que perpetúan el neoliberalismo con un rol más protagonista del Estado en la represión y control sobre las masas, junto a un aumento del gasto fiscal, no satisfacen, ni siquiera en discurso, las necesidades populares expresadas en la grave crisis capitalista que vivimos.

Únicamente una propuesta política que supere las formulas del área chica para la administración de lo existente, y que señale un proyecto de sociedad distinta, puede estar a la altura histórica de poner fin a la transición ‘democrática’. Esta transición pactada está marcada por el arrebato de la soberanía popular en manos de la tecnocracia. Por lo tanto, solo terminará cuando podamos votar en las urnas, por primera vez desde 1970, un proyecto de sociedad que concilie a la democracia con los proyectos de país, y así, con las expectativas de las grandes mayorías nacionales, crónicamente marginadas del ejercicio democrático transicional.

Allende es un mito que retorna cada vez que tiene la oportunidad, ya que nos golpea la puerta para que tomemos “la lección moral que castigará la felonía y la traición” de la burguesía de nuestro país. Para que nunca más en Chile sientan la impunidad de cometer crímenes de lesa humanidad y luego amordazar la voluntad popular al chantaje permanente de volverlos a realizar.

 

¿Quién fue Salvador Allende Gossens?

La figura de Allende representa la historia de una época, siendo ministro de salud del primer presidente de los gobiernos radicales, don Pedro Aguirre Cerda, con tan solo 33 años, hasta su muerte en combate en el palacio presidencial de La Moneda con 65 años, Allende transitó y protagonizo los más de 30 años de ‘desarrollo hacia adentro’ de nuestra nación. De la intentona de desarrollo nacional para ‘modificar los términos de intercambio’ de nuestro país primario exportador respecto al monopolio industrial de los países centrales.

En ese tránsito activo, Allende se convenció que la única forma de lograr ‘la independencia’ económica de nuestro país era a través de un activo protagonismo popular en las actividades productivas y sobre todo en el ejercicio de la democracia, que hasta ahora ha servido a un grupo minoritario de la población. Por ello es que el gobierno de la Unidad Popular, dentro de muchas otras medidas, fija al niño como “único privilegiado” en una clara política para atacar la configuración de la familia en el sistema capitalista, y crea el Área de Propiedad Social, que “no significa crear un capitalismo de Estado, sino el verdadero comienzo de una estructura socialista”[4]

 

 

 

 



[1] Martín-Baró, I. La violencia política y la guerra como causas del trauma psicosocial en El Salvador. 1989.

[2] Chaitin, J. Facing the Holocaust in generations of families of survivors. 2000.

 

[3] Elgueta, Ariel. La obra del presidente Allende en la Patagonia central. Editorial LOM. 2018

[4] Allende, Salvador. Primer mensaje al Congreso Pleno. 21 de mayo de 1971.


El necesario retorno a la ideología de la nueva izquierda

El necesario retorno a la ideología de la nueva izquierda





(Palabras clave: Izquierda Libertaria – Crisis – Capitalismo)

Este texto busca desarrollar algunas claves sobre el momento político que vivimos desde una historia militante en particular: la de la izquierda libertaria chilena. Ese posicionamiento, lejos de ser una afirmación chovinista, es una constatación que define el lugar desde donde se sitúa la reflexión, con el fin que el relato sea más entendible para quien lo lea.

I.              La falta de doctrina de la nueva izquierda.

La nueva izquierda chilena está en una franca bancarrota ideológica. La apuesta por construir una alternativa antineoliberal de corte populista la vació de contenido ideológico y desfondo su construcción partidaria en orgánicas débiles que promueven una militancia “líquida”. Esto, sumado a su evidente fracaso político, hacen urgente un retorno a la ideología por parte de ese espectro que llamamos ‘nueva izquierda’.

El problema del fracaso político del Frente Amplio fue fundamentalmente el problema de una dirección que ejercitó un populismo que renunció a construir pueblo. Y que en vez de movilizar las emociones articuladoras de un nuevo sentido común[1], sacrificó en nombre de la “responsabilidad democrática” su representatividad del articulado popular antineoliberal.

En una estrategia de ruptura democrática el populismo como fórmula socialista radical requiere de una dirección política que dispute el carácter de clase del Estado y que ponga por delante la soberanía y el protagonismo popular. La deriva de la apuesta populista nacional la ha dejado: sin pueblo, sin ideología y con una dirección que no disputa el carácter de clase del Estado neoliberal.

Una coalición que navega sin estrategia aparente, que lleva bajo la manga un programa de transformaciones post neoliberales y que a la vez representa a los sectores medios de la sociedad, es susceptible de participar de operaciones de revolución pasiva[2], es decir, de inaugurar un período de concesiones de la clase dominante para que ésta no pierda su hegemonía utilizando a su favor las fuerzas del pueblo.

II.             Situación económica y política internacional.

Desde el 2008 venimos palpando los síntomas de una crisis estructural del capital, una donde el capitalismo, como forma actual que adquiere el metabolismo social del capital[3], se encuentra incapacitado para resolver sus contradicciones estructurales planteadas por Marx debido a la sobre producción de mercancías en la esfera financiera para mantener la tasa de ganancia.

Hay que señalar lo obvio. La crisis actual no es un fenómeno aislado, sino que es un producto del desarrollo de las tendencias estructurales del capital descritas por Marx. István Mészáros[4], plantea que desde 1970 vienen eclosionando sucesivas crisis en un modo que ya se ha convertido una forma de reproducción del capital financiero. En el contexto de esta pandemia y crisis económica, la reproducción social del capital ha tocado una frontera ‘altamente destructiva’ obligando al proletariado a la contradicción de exponer su salud para alimentar a su familia.

Para sobrevivir a las acostumbradas crisis en el capitalismo, el capital ha echado mano anteriormente al recurso de la guerra como dispositivo de expansión. Sin embargo, no hay mucho más donde expandirse –salvo el espacio- y en el concierto internacional está sonando música de despedida para Estados Unidos que comienza a perder su sitial de superpotencia global. Enfrente emerge, con cada vez más fuerza, una economía China como la ordenadora de un mundo multipolar que abre a nuestra américa un espacio para subvertir la dependencia.

La situación de Estados Unidos es de particular interés, no solo ha batido el récord de destruir 10 millones de empleos en dos semanas y vive una acelerada descomposición de su cohesión social, sino que además varios analistas han avizorado el posible incumplimiento de la deuda norteamericana que alcanza los 10 trillones de dólares, es decir, mil veces la edad de nuestro universo[5].

En ese sentido, los proyectos de reforma al capital están desahuciados. El lugar que ocupaba la socialdemocracia, está siendo ocupado por alternativas socialistas –y populistas- de cambio radical al orden capitalista. Que la internacional socialdemócrata sea neoliberal no es una cuestión de orden en un tablero político en específico, sino de la agudización de las contradicciones del capital y la “separación de la sociedad en dos polos irreconciliables… el proletariado y la burguesía” como dijera Marx hace más de un siglo.

Latinoamérica, en específico, se debate hace tres décadas entre la reforma y la revolución. La vieja disyuntiva planteada por Rosa Luxemburgo en su debate con Bernstein del Partido Socialdemócrata alemán a fines del siglo XIX, reflota en la primera década del siglo XXI con plena vigencia. La evidencia demuestra que aquellos países que no lograron avanzar en la superación del Estado burgués y que articularon una política de reforma al capital como Argentina, Brasil o Uruguay, fueron consumidos por la misma lógica de reproducción del capital que combatían. El llamado de Lenin de destruir el viejo Estado burgués y de construir un semi Estado, caracterizado por la socialización del poder militar y estatal en el pueblo llano, tiene plena vigencia.

III.            Situación política nacional.

Tras la revuelta popular del 18 de octubre de 2019, es evidente, incluso para los beneficiados por el sistema, que el modelo neoliberal debe ser cambiado. Las posibilidades de su transformación son: 1. Un modelo neokeynesiano de distribución de la riqueza y disminución de la desigualdad vía ajuste fiscal. 2. Un modelo socialista de protagonismo popular y de gestión social en las reformas de carácter democrático popular. 3. Un modelo autoritario de tipo fascista con tintes neokeynesianos de distribución de la riqueza mediante ajuste fiscal.

Frente a la evidencia de que el modelo debe ser cambiado, la burguesía local ya ha hilado públicamente algunas ideas a las que debemos prestar atención: en octubre del 2019, en reunión de la Sofofa para analizar la ‘situación nacional’, Matías Pérez Cruz[6], presidente de Gasco, acuso a Hinzpeter, representante del grupo Luksic, de ‘populista’ e ‘irresponsable’ por el aumento de sueldo mínimo a 500 mil pesos para todos los trabajadores de Quiñenco[7] días después del anuncio presidencial de aumento del sueldo mínimo a 350 mil pesos,  y Juan Sutil, presidente de la CPC, ha señalado en distintos medios la pertinencia de considerar la nacionalización de LATAM y otras empresas ‘estratégicas’.[8]

Tal como se hizo en 1929 frente a la Gran Depresión los capitalistas buscaran distribuir los costos de la crisis financiera hacia el trabajo por medio del instrumento estatal, haciendo pasar sus acciones de tipo keynesiano como ‘cesiones’ al trabajo, cuando en realidad no trastocan la reproducción social del capital, ni sus cadenas de acumulación.

En ese sentido, es de vital importancia constatar, como describe Linera en las Tensiones creativas de la revolución, que, en el proceso de ruptura popular al orden neoliberal, se da un instante de empate catastrófico entre los movimientos sociales que niegan el neoliberalismo como horizonte de progreso, y el bloque en el poder de la oligarquía. Ese empate sería descrito como un equilibro momentáneo en la correlación de fuerzas, que es de corta duración, dada la desestructuración de los tejidos sociales que provoca el neoliberalismo. Pese a su corta duración, es de alcances históricos tremendos, dado que, al equiparar las fuerzas del campo popular con la oligarquía, ésta se ve tentada a ocupar maniobras autoritarias que reestablezcan de golpe la gobernabilidad del modelo, tal como ocurrió en el Caracazo (Venezuela, 1989). También, en el contexto de ese empate, el desbande popular de la institucionalidad burguesa puede forzar maniobras para resetear la hegemonía del modelo, como ocurrió en la Rebelión de los forajidos (Ecuador, 2005). El patrón común que describe Linera para ambos casos es que la única resolución posible tras un empate catastrófico es la lucha por el poder del Estado de los dos proyectos expresados.

Si bien no sabemos a ciencia cierta cuáles serán los efectos de la pandemia en la correlación de fuerzas de clases, sobretodo dado que el gobierno está ‘jugando solo’ y reconfigurando la ingeniería de control social sobre la población. No es menos cierto que la pandemia solo sacó al pueblo de las calles, ha develado aún más las aullantes contradicciones y por tanto un retorno de la lucha social aún en contexto pandémico es muy probable como ya ocurre en Estados Unido y en varias naciones europeas. Cualquiera sea el caso, el empate entre dos proyectos antagónicos de sociedad ya fue expresado y a no ser que cambie el régimen institucional no será posible evitar que tarde o temprano esos proyectos se expresen en una lucha electoral por el Estado.

En Chile, ya ocurrió un empate catastrófico en octubre del 2019. Este 2020, en contexto de pandemia, nos debemos preparar para la victoria del proyecto anti neoliberal en el ciclo corto electoral 2020 y 2021. También, hemos de estar prestos para un desbande popular que sea contenido mediante una salida autoritaria, con la consiguiente represión de los sectores más decididos de la clase trabajadora, o para un desbande popular de proporciones que supere el empate catastrófico de octubre anterior y anticipe un cambio de régimen.

Cualquiera sea el caso, estamos ante el desafío histórico de una revolución. Como describe Iñigo Errejón en el estudio ruptura popular y cambio político[9], lo que se instala en los procesos ‘post capitalistas’ de ruptura democrática, es un concepto de comunidad aglutinadora de la nación, que esconde tras de sí, un nuevo modo de producción de realidad. El factor clave, es el cambio en la representación de clase del Estado y el protagonismo popular en las transformaciones democráticas. Por ese nuevo modo de producción material y simbólica, es muy difícil volver a instalar el neoliberalismo, o volver a gobernar para las viejas élites, sin acometer otra revolución. Como hemos visto en el caso de Bolivia con el golpe militar y en Ecuador con la infiltración de un agente imperialista en la representación del Estado.

El bloque en el poder, a sabiendas de esto, está preparando el fascismo como la última línea de defensa de un sistema capitalista moribundo. Las políticas precarizantes y la instalación de la contradicción “reforma versus economía”, buscan mermar la base popular de apoyo al proceso de cambio, y ganarla para un proyecto conservador que evite a toda costa los cambios radicales.

IV.           Pertinencia de Marx

Sin las herramientas que nos heredó Carlos Marx, la interpretación de la presente crisis del capitalismo, repetiría los lugares comunes instalados por la ideología dominante: el problema de las crisis en el capitalismo es de confianza. Mészáros habla de una tríada pseudo hegeliana fukuyamizada de la confianza: pérdida de confianza – confianza – exceso de confianza. Ese relato metafísico para abordar el problema económico, solo ha calado hondo porque verdaderamente nadie entiende la enmaraña detrás de la cual se esconde la acumulación del capital financiero. Y para ello justamente se ha construido, para ocultar los antivalores detrás del funcionamiento del capitalismo contemporáneo.

Si nos resistimos a esas explicaciones idealistas, entonces, ¿qué es lo que explica las reiteradas crisis del capitalismo contemporáneo? Marx entrega la batería analítica para descifrar las contradicciones que articulan las tendencias históricas del capital, esa es una de las razones de su pertinencia, ya que nos permite entender el fenómeno que vivimos.

¿Existe alguna relación entre el abandono del patrón oro por parte de Estados Unidos en 1970 y las sucesivas crisis que se han desatado desde entonces? La disociación entre la economía financiera, y lo que han comenzado a llamar desde entonces ‘economía real’, tiene por corolario que actualmente la economía financiera alcance tres veces el tamaño de la economía real[10]. La especulación parasitaria hace perder el rastro de la riqueza, el dinero termina por valer nada, y se hace necesario el salvataje recurrente del Estado al capital privado.

La tendencia decreciente de la tasa de ganancia del capitalismo descrita por Marx en El Capital[11], explica en primer lugar la migración del capital a la economía financiera, y la cada vez mayor dependencia de la economía capitalista al salvataje estatal. Las sucesivas crisis en la esfera financiera han sido sorteadas gracias a una estrategia de nacionalización de la bancarrota capitalista a través del Estado que asume como propias las desventuras del capitalismo financiero. Esto es reconocido por los mismos analistas burgueses, como John Mauldin: “esto no es ‘capitalismo’ en ningún sentido, cuando los empresarios y las empresas son rescatados una y otra vez de los desastres ocasionados por sus errores[12]

Nos enfrentamos entonces a una crisis estructural del capital, explicada por sus determinaciones estructurales materiales y no por entelequias metafísicas sobre problemas de confianza. La misma ortodoxia neoliberal confirma el carácter estructural de la crisis que enfrentamos. John Mauldin, plantea que, para resistir la tormenta, el capital debería mantener bajísimas tasas de interés para incentivar la inversión, eliminar los bancos centrales que ‘no dejan fluir el capital’, ‘ni producen nada útil’ (¿y tú?), dejar morir a las empresas en bancarrota y por supuesto, bajo ningún concepto, aplicar impuestos a las grandes riquezas, ya que, ‘asustaría la inversión’. También, Mauldin se manifiesta en contra de las ayudas del Estado hacia la clase trabajadora ya que considera que con esas ayudas ‘ganan más que lo que ganarían trabajando’[13].

En definitiva, Marx es pertinente porque un enfoque que no sea marxista no puede comprender las contradicciones que explican la presente crisis y, por lo mismo, no puede abordarlas para superarlas definitivamente. Hoy, más que nunca, el horizonte marxista de una sociedad sin clases sociales y las políticas socialistas que apuesten por destruir el metabolismo social del capital están a la orden del día.

V.            Vigencia de Lenin.

Reforma o revolución es el viejo dilema de la política socialista. Ha habido momentos en que sus fronteras se han dibujado como verdaderos abismos, y otros donde se matizan al punto de confundirse. A principios de la década ‘ganada’ latinoamericana, con un alto precio de los comodoties y varios gobiernos de corte progresista parecía que no había una diferencia entre una y otra alternativa. Sin embargo, habiendo enfrentado esos gobiernos la reacción de una oligarquía restauracionista, se dibuja hoy con más claridad la zanja que separa políticamente una política revolucionaria de una reformista.

Para caracterizar brevemente nuestra América Latina partimos de la división del sistema mundo del capital donde “los Estados tienen el grado de poder que responde a las necesidades de los empresarios capitalistas”[14]. Nuestra élite, como describe Dos Santos, es una élite cuyas cadenas de acumulación dependen de los países centrales, es decir, son oligarquías que acumulan capital por medio de la desposesión[15]. Por lo tanto, el desafío de desarrollar nuestras fuerzas productivas y transformar la matriz primario exportadora de herencia colonial, es una tarea solo realizable como proyecto político de la clase trabajadora y los sectores marginados del desarrollo capitalista dependiente. Como lo ha demostrado la historia, cuando el sistema mundial del capital se contrae y obliga a nuestra américa periférica a desarrollar sus propias fuerzas productivas, nos enfrentamos a dos proyectos de clase: al socialismo y la transformación de la matriz colonial, o al fascismo y la contención de las transformaciones estructurales por parte de una oligarquía que no está a la altura del desafío de dinamizar las fuerzas productivas más allá del modelo de expoliación. El dilema latinoamericano entre socialismo y fascismo vuelve con todas sus fuerzas.

Si es necesario, es posible. Ese voluntarismo enseñado por Lenin y estipulado en el vínculo siempre presente entre realidad y transformación, dada la conformación contradictoria de la sociedad capitalista, es el ingrediente que hace de Lenin el predecesor de un gran linaje de revolucionarios tales como Mao, Ho Chi Minh, Fidel, el Che y nuestro reciente Hugo Rafael Chávez Frías.

Una de las construcciones teóricas más importantes de Lenin, y de seguro la que más lo ha referenciado, es su análisis sobre la cuestión del Estado. Lenin plantea el necesario paso por la dictadura del proletariado, entendida como la ampliación de la democracia para los pobres, junto con la restricción de las libertades para los explotadores. En la transición al comunismo, el Estado se convierte en un semi Estado, en tanto sus funciones son socializadas y su poder de coerción se concentra en una minoría que se resiste a socializar sus privilegios. Como ha demostrado la historia reciente latinoamericana, los Estados con proyectos de cambio que han socializado las funciones estatales en la población, sobre todo las referidas a lo militar, han logrado resistir las agresivas embestidas reaccionarias de nuestras oligarquías regionales. Efectivamente, como señala Marx cuando se refiere a la Comuna de París como un ejemplo de dictadura del proletariado, su carácter distintivo, así como el de la República Bolivariana de Venezuela, es que el pueblo se constituye como un ‘pueblo en armas’.

Otro aspecto notable del pensamiento de Lenin es el rol del partido revolucionario. Solo un partido de masas claramente afincado en la clase trabajadora, de ideología comunista y con una orientación revolucionaria clara puede conducir las transformaciones hacia el socialismo. Ya que, en la dictadura del proletariado, la “organización de la vanguardia de los oprimidos en clase dominante para aplastar a los opresores, no puede conducir únicamente a la simple ampliación de la democracia”[16], sino que, en ese transcurso, debe conducir la sociedad tendiendo siempre a la socialización del hacer económico y político para la “extinción del Estado”. Como dijo hace poco en Cuba nuestro filosofo nacional Carlos Pérez Soto, la burocracia, como segmento de las capas medias que se legitima en el conocimiento, será la próxima ’clase’ dominante que “reemplazará a la burguesía en la gestión de la democracia”[17]. Clase entre comillas, ya que solo hay dos clases en el capitalismo, y el objetivo de una política revolucionaria hacia una sociedad sin clases es que justamente dichas capas medias en la gestión del semi Estado de transición, no se conviertan en una clase social con intereses propios distintos a los de la clase trabajadora.

VI.           Más allá de Lenin.

Reconociendo la pertinencia de Lenin, el desafío de la gestión de la sociedad para la ‘extinción del Estado’, asume la necesidad de pensar más allá de Lenin para evitar estancarse en el proceso de transición al comunismo. Lenin pensaba que eran las capas medias pequeño burguesas las que tenían las facilidades para la adquisición de la conciencia socialista en el capitalismo, ya que al ser éste una dictadura, marginaba al pueblo llano del pensamiento y ejercicio político. Rosa Luxemburgo hacía un contrapunto frente a eso y planteaba – en consonancia con los anarquistas- que la formación de la conciencia socialista es un esfuerzo práctico y que tiene como base la formación de los sujetos sociales en sujetos políticos.

Al presentar las tesis de abril de 1917 frente a las bases jóvenes del Partido Bolchevique, Lenin señalaba que él no alcanzaría a ver realizadas las ideas programáticas allí planteadas, sin sospechar en lo absoluto que, en octubre de ese mismo año, el mundo miraría expectante como se realizaba la utopía más esperada de la época moderna. Eso nos señala un hecho que el mismo Lenin, en discusión con Rosa Luxemburgo, terminó por aceptar, que es lo imprevisible de una revolución, y el potencial de la espontaneidad revolucionaria de las masas. Rosa fue aún más allá y planteó la oposición entre burocratismo y espontaneidad, siendo esta última una de las claves para la mantención de la marcha del proceso revolucionario.

Para Lenin, el socialismo en términos económicos sería el paso siguiente “después del monopolio capitalista de Estado[18]y ya sabemos cómo en la Unión Soviética se reprodujo la burocracia como clase parasitaria, eliminando las posibilidades de continuar avanzando hacia el comunismo. Por lo tanto, nuestro socialismo no debe entenderse en una lógica defensiva. No podemos nuevamente atrincherarnos detrás del Estado burgués como si fuese una contención efectiva de una siempre acechante reacción. Esa estrategia solo nos lleva a la restauración capitalista. Todo lo contrario: entendiendo el problema militar que implica el desafío revolucionario, la política socialista del siglo XXI tiene que ser de ofensiva, alterando el metabolismo social del capital y no sólo quién administra el Estado o la propiedad.

Para ello, como lo plantea Gramsci con el concepto de ‘guerra de posiciones’, la disputa hegemónica obliga al partido revolucionario a cumplir el rol de ‘intelectualidad orgánica’, acompañando los procesos de toma de control de los espacios y territorios para la superación del Estado capitalista, y aportando a transformar a los sujetos sociales en sujetos políticos.

En ese mismo sentido, una de las grandes ideas que dejó el comandante Chávez es el fuerte impulso a la socialización del poder político para la construcción de la organización política comunista de la sociedad, incluso antes de desarrollar las transformaciones socialistas en economía. Como una manera de que el pueblo entienda, defienda y protagonice las transformaciones al régimen burgués de propiedad. Hoy, en Venezuela, se da la contradicción sobre la que no me referiré en este texto, entre escandalosos monopolios de importantes áreas de la economía nacional, y un desarrollo político organizativo popular muy importante. Más allá de ese caso específico, lo que quiero graficar, es que la viabilidad del proceso está justamente en realizar las transformaciones socialistas del Estado como forma de organización política de la sociedad, para hacer sostenibles y posibles las transformaciones económicas.

VII.          Hacia el socialismo del siglo XXI.

El fracaso del socialismo soviético se debe a esa línea defensiva en el abordaje del conflicto. El enemigo, siempre belicoso, es un tigre de papel como lo describe Mao, que aparenta ser poderoso pero que no resiste ni a la lluvia ni al viento.  Hoy, en el sistema mundo capitalista cae una tormenta. Y es deber de las y los socialistas aprovechar para cambiar el control del capital sobre el proceso metabólico social[19]. En ese sentido, atacar las contradicciones que hacen del capitalismo un sistema social inviable, planteando soluciones alternativas que no reproduzcan la lógica del capital, y que afirmen, aquí y ahora, el socialismo como una posibilidad de desarrollo para el siglo XXI.

Nuestro desafío es no sólo superar al capitalismo, sino que terminar con las sociedades divididas en clases sociales. Por ello, nuestra política debe concentrarse en el desarrollo del poder popular como táctica y estrategia para el desarrollo de las competencias en las organizaciones populares, que las faculten como sujetos de poder capaces de autogestionar su realidad y autorrepresentar sus intereses. Esa es la garantía de una revolución socialista de carácter ‘permanente’.

En ese sentido, Marta Harnecker ha sistematizado las experiencias de organización popular en Kerala, Cuba y Venezuela, y ha presentado la propuesta de una planificación participativa descentralizada[20] como mecanismo de socialización del poder político y destrucción gradual del Estado burgués. Para comenzar, explica la autora chilena, es necesaria la división política administrativa tradicional de la sociedad en segmentos que permitan la construcción de comunidad deliberante. La planificación descentralizada ofrece una herramienta para la construcción del socialismo de vital importancia.

Otra de las herramientas desarrolladas por la reciente experiencia histórica latinoamericana es la democracia protagónica inaugurada por Hugo Chávez. Volviendo a la idea de que el poder de la toma de decisiones fundamentales nunca debe estar divorciado de las masas populares. En 1993 Chávez señala que: “el pueblo soberano debe transformarse a sí mismo en el objeto y el sujeto del poder. Esta opción no es negociable para los revolucionarios[21].

El protagonismo popular y la planificación descentralizada son aspectos claves en la edificación del nuevo Estado obrero o del semi Estado de la dictadura del proletariado. Sin embargo, el que el pueblo sea objeto y sujeto de poder, implica la soberanía del trabajo, no sólo en sus actividades políticas, sino que además en la autodeterminación de la actividad productiva y distributiva, afectando así todos los ámbitos del proceso metabólico social.

Sin lugar a dudas, la autodeterminación productiva y distributiva es la línea divisoria entre un proceso de tentativa socialista y un socialismo auténtico en ‘revolución permanente’. Sin esta progresiva, y definitiva transferencia del poder para la toma de decisiones reproductivas y distributivas, no podremos hablar con propiedad que estamos haciendo a una comunidad sujeto de poder, que es el carácter esencial del comunismo.

-          Benjamín Infante, población Marchant. Chile. Junio, 2020.



[1] Ernesto Laclau. Debates y combates (Fondo de Cultura Económica, 2008), 42.

[2] Aguayo, Claudio, “Ruptura democrática: los desafíos de una nueva izquierda”, Rebelión.

[3] Es preciso distinguir al capitalismo como una de las formas específicas de desarrollo del capital. El capital es la apropiación privada del trabajo y su consiguiente acumulación como riqueza por medio de la explotación. El capitalismo una de las formas de esa apropiación, por medio del salario, la mercancía y el plusvalor.

[4] Para leer específicamente el tema de las tendencias estructurales del capital en crisis, sugiero revisar La crisis estructural del capital de István Mészáros (Ministerio del Poder Popular para la Comunicación, 2009).

[5] Istvan Mészáros, La crisis estructural del capital. (Caracas: Ministerio del Poder Popular para la Comunicación, 2009), 29.

[7] A pesar del anuncio presidencial sobre el aumento del sueldo mínimo de 301 mil a 350 mil pesos, las movilizaciones no cesan. En este contexto, la iniciativa bajo el hashtag "primer piso" implementada por el dueño de Quiñenco, Andrónico Luksic, quien aumenta a 500 mil pesos la remuneración mínima para todos sus trabajadores, se propagó rápidamente.  https://www.elmostrador.cl/mercados/2019/10/23/el-sindrome-luksic-las-empresas-que-se-han-sumado-al-aumento-del-salario-minimo-en-plena-crisis-social/

[9] Ver presentación de Iñigo Errejon en Izquierda Castellana, 2013. Vía La Tuerka. Esta presentación se sustenta sobre la tesis doctoral del mismo sobre la lucha por la hegemonía durante el primer gobierno del MAS (2006-2009).

[10] Shii Kazuo, Japan Press Weekly. N°Especial. Octubre 2008: 20.

[11] Jan Doxrud, “Karl Marx: tendencia decreciente de la tasa de ganancia”, Liberty and Knowledge.

[12] John Mauldin citado en “Cita con Rama” de Luis Casado. Jonh Mauldin es analista financiero, presidente de una editorial especializada en economía y finanzas Thoughts from the Frontline.

[13] Ibíd.

[14] Inmanuel Wallerstein, Conocer el mundo saber el mundo (Madrid, Siglo XXI, 2001), 72.

[15] Theotonio Dos Santos, Imperialismo y dependencia (México, Ediciones Era, 1978), 80.

[16] El Estado y la revolución. Lenin. Edit. Quimantú. 2011 P. 113.

[17] La idea de clase social en la época post fordista. Carlos Perez Soto. Clacso TV. 2019.

[18] Sobre el impuesto a la especie. Lenin. 1921. P. 605.

[19] La crisis estructural del capital. István Mészáros. P. 162.

[20] Planificando para construir organización comunitaria. Marta Harnecker. 2016.

[21] Pueblo, sufragio y democracia. Hugo Chávez. 1993.


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