El necesario retorno a
la ideología de la nueva izquierda
(Palabras clave: Izquierda Libertaria – Crisis –
Capitalismo)
Este texto busca desarrollar algunas claves sobre el
momento político que vivimos desde una historia militante en particular: la de
la izquierda libertaria chilena. Ese
posicionamiento, lejos de ser una afirmación chovinista, es una constatación que
define el lugar desde donde se sitúa la reflexión, con el fin que el relato sea
más entendible para quien lo lea.
I.
La falta de doctrina de la nueva izquierda.
La nueva izquierda chilena está en una franca bancarrota ideológica. La apuesta por
construir una alternativa antineoliberal de corte populista la vació de
contenido ideológico y desfondo su construcción partidaria en orgánicas débiles
que promueven una militancia “líquida”. Esto, sumado a su evidente fracaso
político, hacen urgente un retorno a la ideología por parte de ese espectro que
llamamos ‘nueva izquierda’.
El problema del fracaso político del Frente Amplio fue
fundamentalmente el problema de una dirección que ejercitó un populismo que renunció a construir pueblo.
Y que en vez de movilizar las emociones articuladoras de un nuevo sentido común[1], sacrificó en nombre de la
“responsabilidad democrática” su representatividad del articulado popular
antineoliberal.
En una estrategia de ruptura democrática el populismo como fórmula socialista radical
requiere de una dirección política que dispute el carácter de clase del Estado
y que ponga por delante la soberanía y el protagonismo popular. La deriva de la
apuesta populista nacional la ha dejado: sin pueblo, sin ideología y con una
dirección que no disputa el carácter de clase del Estado neoliberal.
Una coalición que navega sin estrategia aparente, que lleva
bajo la manga un programa de transformaciones post neoliberales y que a la vez representa a los sectores medios
de la sociedad, es susceptible de participar de operaciones de revolución pasiva[2], es decir, de inaugurar un
período de concesiones de la clase dominante para que ésta no pierda su
hegemonía utilizando a su favor las fuerzas del pueblo.
II.
Situación económica y política internacional.
Desde el 2008 venimos palpando los síntomas de una crisis estructural del capital, una
donde el capitalismo, como forma actual que adquiere el metabolismo social del
capital[3], se encuentra incapacitado
para resolver sus contradicciones estructurales planteadas por Marx debido a la
sobre producción de mercancías en la esfera financiera para mantener la tasa de
ganancia.
Hay que señalar lo obvio. La crisis actual no es un fenómeno
aislado, sino que es un producto del desarrollo
de las tendencias estructurales del capital descritas por Marx. István
Mészáros[4], plantea que desde 1970
vienen eclosionando sucesivas crisis en un modo que ya se ha convertido una forma
de reproducción del capital financiero. En el contexto de esta pandemia y
crisis económica, la reproducción social del capital ha tocado una frontera
‘altamente destructiva’ obligando al proletariado a la contradicción de exponer
su salud para alimentar a su familia.
Para sobrevivir a las acostumbradas crisis en el
capitalismo, el capital ha echado mano anteriormente al recurso de la guerra como dispositivo de expansión.
Sin embargo, no hay mucho más donde expandirse –salvo el espacio- y en el
concierto internacional está sonando música de despedida para Estados Unidos
que comienza a perder su sitial de superpotencia global. Enfrente emerge, con
cada vez más fuerza, una economía China como la ordenadora de un mundo
multipolar que abre a nuestra américa un espacio para subvertir la dependencia.
La situación de Estados Unidos es de particular
interés, no solo ha batido el récord de destruir 10 millones de empleos en dos
semanas y vive una acelerada descomposición de su cohesión social, sino que
además varios analistas han avizorado el posible incumplimiento de la deuda norteamericana que alcanza los 10
trillones de dólares, es decir, mil veces
la edad de nuestro universo[5].
En ese sentido, los proyectos de reforma al capital están desahuciados. El lugar que
ocupaba la socialdemocracia, está siendo ocupado por alternativas socialistas –y
populistas- de cambio radical al orden capitalista. Que la internacional
socialdemócrata sea neoliberal no es una cuestión de orden en un tablero
político en específico, sino de la agudización de las contradicciones del
capital y la “separación de la sociedad
en dos polos irreconciliables… el proletariado y la burguesía” como dijera
Marx hace más de un siglo.
Latinoamérica, en específico, se debate hace tres
décadas entre la reforma y la revolución.
La vieja disyuntiva planteada por Rosa Luxemburgo en su debate con Bernstein
del Partido Socialdemócrata alemán a fines del siglo XIX, reflota en la primera
década del siglo XXI con plena vigencia. La evidencia demuestra que aquellos
países que no lograron avanzar en la superación del Estado burgués y que
articularon una política de reforma al capital como Argentina, Brasil o
Uruguay, fueron consumidos por la misma lógica de reproducción del capital que
combatían. El llamado de Lenin de destruir el viejo Estado burgués y de construir
un semi Estado, caracterizado por la
socialización del poder militar y estatal en el pueblo llano, tiene plena
vigencia.
III.
Situación
política nacional.
Tras la revuelta popular del 18 de octubre de 2019, es
evidente, incluso para los beneficiados por el sistema, que el modelo neoliberal debe ser cambiado.
Las posibilidades de su transformación son: 1. Un modelo neokeynesiano de
distribución de la riqueza y disminución de la desigualdad vía ajuste fiscal.
2. Un modelo socialista de protagonismo popular y de gestión social en las
reformas de carácter democrático popular. 3. Un modelo autoritario de tipo
fascista con tintes neokeynesianos de distribución de la riqueza mediante
ajuste fiscal.
Frente a la evidencia de que el modelo debe ser
cambiado, la burguesía local ya ha
hilado públicamente algunas ideas a las que debemos prestar atención: en
octubre del 2019, en reunión de la Sofofa para analizar la ‘situación nacional’,
Matías Pérez Cruz[6],
presidente de Gasco, acuso a Hinzpeter, representante del grupo Luksic, de
‘populista’ e ‘irresponsable’ por el aumento de sueldo mínimo a 500 mil pesos
para todos los trabajadores de Quiñenco[7] días después del anuncio
presidencial de aumento del sueldo mínimo a 350 mil pesos, y Juan Sutil, presidente de la CPC, ha
señalado en distintos medios la pertinencia de considerar la nacionalización de
LATAM y otras empresas ‘estratégicas’.[8]
Tal como se hizo en 1929 frente a la Gran Depresión los
capitalistas buscaran distribuir los
costos de la crisis financiera hacia el trabajo por medio del instrumento
estatal, haciendo pasar sus acciones de tipo keynesiano como ‘cesiones’ al
trabajo, cuando en realidad no trastocan la reproducción social del capital, ni
sus cadenas de acumulación.
En ese sentido, es de vital importancia constatar,
como describe Linera en las Tensiones
creativas de la revolución, que, en el proceso de ruptura popular al orden
neoliberal, se da un instante de empate
catastrófico entre los movimientos sociales que niegan el neoliberalismo
como horizonte de progreso, y el bloque en el poder de la oligarquía. Ese
empate sería descrito como un equilibro momentáneo en la correlación de fuerzas,
que es de corta duración, dada la desestructuración de los tejidos sociales que
provoca el neoliberalismo. Pese a su corta duración, es de alcances históricos
tremendos, dado que, al equiparar las fuerzas del campo popular con la
oligarquía, ésta se ve tentada a ocupar maniobras autoritarias que reestablezcan
de golpe la gobernabilidad del modelo, tal como ocurrió en el Caracazo (Venezuela,
1989). También, en el contexto de ese empate, el desbande popular de la
institucionalidad burguesa puede forzar maniobras para resetear la hegemonía
del modelo, como ocurrió en la Rebelión de los forajidos (Ecuador, 2005). El patrón
común que describe Linera para ambos casos es que la única resolución posible tras
un empate catastrófico es la lucha por el poder del Estado de los dos proyectos
expresados.
Si bien no sabemos a ciencia cierta cuáles serán los
efectos de la pandemia en la correlación de fuerzas de clases, sobretodo dado
que el gobierno está ‘jugando solo’ y reconfigurando la ingeniería de control
social sobre la población. No es menos cierto que la pandemia solo sacó al pueblo de las calles, ha develado aún más las
aullantes contradicciones y por tanto un retorno de la lucha social aún en
contexto pandémico es muy probable como ya ocurre en Estados Unido y en varias
naciones europeas. Cualquiera sea el caso, el empate entre dos proyectos
antagónicos de sociedad ya fue expresado y a no ser que cambie el régimen
institucional no será posible evitar que tarde o temprano esos proyectos se
expresen en una lucha electoral por el Estado.
En Chile, ya ocurrió un empate catastrófico en octubre
del 2019. Este 2020, en contexto de pandemia, nos debemos preparar para la victoria del proyecto anti neoliberal
en el ciclo corto electoral 2020 y 2021. También, hemos de estar prestos para
un desbande popular que sea contenido mediante una salida autoritaria, con la
consiguiente represión de los sectores más decididos de la clase trabajadora, o
para un desbande popular de proporciones que supere el empate catastrófico de
octubre anterior y anticipe un cambio de régimen.
Cualquiera sea el caso, estamos ante el desafío histórico de una revolución.
Como describe Iñigo Errejón en el estudio ruptura
popular y cambio político[9],
lo que se instala en los procesos ‘post capitalistas’ de ruptura democrática,
es un concepto de comunidad aglutinadora de la nación, que esconde tras de sí,
un nuevo modo de producción de realidad. El factor clave, es el cambio en la
representación de clase del Estado y el protagonismo popular en las transformaciones
democráticas. Por ese nuevo modo de producción material y simbólica, es muy
difícil volver a instalar el neoliberalismo, o volver a gobernar para las
viejas élites, sin acometer otra
revolución. Como hemos visto en el caso de Bolivia con el golpe militar y en
Ecuador con la infiltración de un agente imperialista en la representación del
Estado.
El bloque en el poder, a sabiendas de esto, está preparando el fascismo como la última línea de defensa de un sistema
capitalista moribundo. Las políticas precarizantes y la instalación de la
contradicción “reforma versus
economía”, buscan mermar la base popular de apoyo al proceso de cambio, y
ganarla para un proyecto conservador que evite a toda costa los cambios
radicales.
IV.
Pertinencia de Marx
Sin las herramientas que nos heredó Carlos Marx, la
interpretación de la presente crisis del capitalismo, repetiría los lugares
comunes instalados por la ideología dominante: el problema de las crisis en el
capitalismo es de confianza. Mészáros
habla de una tríada pseudo hegeliana
fukuyamizada de la confianza: pérdida de confianza – confianza – exceso de
confianza. Ese relato metafísico para abordar el problema económico, solo ha
calado hondo porque verdaderamente nadie entiende la enmaraña detrás de la cual
se esconde la acumulación del capital financiero. Y para ello justamente se ha
construido, para ocultar los antivalores detrás del funcionamiento del
capitalismo contemporáneo.
Si nos resistimos a esas explicaciones idealistas, entonces,
¿qué es lo que explica las reiteradas crisis del capitalismo contemporáneo?
Marx entrega la batería analítica para descifrar las contradicciones que
articulan las tendencias históricas del capital, esa es una de las razones de
su pertinencia, ya que nos permite entender
el fenómeno que vivimos.
¿Existe alguna relación entre el abandono del patrón
oro por parte de Estados Unidos en 1970 y las sucesivas crisis que se han
desatado desde entonces? La disociación entre la economía financiera, y lo que
han comenzado a llamar desde entonces ‘economía real’, tiene por corolario que
actualmente la economía financiera alcance
tres veces el tamaño de la economía real[10]. La especulación parasitaria hace perder el rastro de la riqueza,
el dinero termina por valer nada, y se hace necesario el salvataje recurrente
del Estado al capital privado.
La tendencia decreciente de la tasa de ganancia del
capitalismo descrita por Marx en El Capital[11], explica en primer lugar
la migración del capital a la economía financiera, y la cada vez mayor
dependencia de la economía capitalista al salvataje estatal. Las sucesivas
crisis en la esfera financiera han sido sorteadas gracias a una estrategia de nacionalización de la bancarrota
capitalista a través del Estado que asume como propias las desventuras del
capitalismo financiero. Esto es reconocido por los mismos analistas burgueses,
como John Mauldin: “esto no es
‘capitalismo’ en ningún sentido, cuando los empresarios y las empresas son
rescatados una y otra vez de los desastres ocasionados por sus errores”[12]
Nos enfrentamos entonces a una crisis estructural del capital, explicada por sus determinaciones
estructurales materiales y no por entelequias metafísicas sobre problemas de
confianza. La misma ortodoxia neoliberal
confirma el carácter estructural de la crisis que enfrentamos. John
Mauldin, plantea que, para resistir la tormenta, el capital debería mantener
bajísimas tasas de interés para incentivar la inversión, eliminar los bancos
centrales que ‘no dejan fluir el capital’, ‘ni producen nada útil’ (¿y tú?),
dejar morir a las empresas en bancarrota y por supuesto, bajo ningún concepto,
aplicar impuestos a las grandes riquezas, ya que, ‘asustaría la inversión’.
También, Mauldin se manifiesta en contra de las ayudas del Estado hacia la
clase trabajadora ya que considera que con esas ayudas ‘ganan más que lo que ganarían trabajando’[13].
En definitiva, Marx es pertinente porque un enfoque
que no sea marxista no puede comprender las contradicciones que explican la
presente crisis y, por lo mismo, no puede abordarlas para superarlas definitivamente. Hoy, más que nunca, el horizonte
marxista de una sociedad sin clases sociales y las políticas socialistas que
apuesten por destruir el metabolismo
social del capital están a la orden del día.
V.
Vigencia de Lenin.
Reforma o revolución es el viejo dilema de la política socialista. Ha
habido momentos en que sus fronteras se han dibujado como verdaderos abismos, y
otros donde se matizan al punto de confundirse. A principios de la década
‘ganada’ latinoamericana, con un alto precio de los comodoties y varios
gobiernos de corte progresista parecía que no había una diferencia entre una y
otra alternativa. Sin embargo, habiendo enfrentado esos gobiernos la reacción
de una oligarquía restauracionista, se dibuja hoy con más claridad la zanja que
separa políticamente una política revolucionaria de una reformista.
Para caracterizar brevemente nuestra América Latina
partimos de la división del sistema mundo del capital donde “los Estados tienen
el grado de poder que responde a las necesidades de los empresarios
capitalistas”[14].
Nuestra élite, como describe Dos Santos, es una élite cuyas cadenas de
acumulación dependen de los países centrales, es decir, son oligarquías que
acumulan capital por medio de la desposesión[15]. Por lo tanto, el desafío
de desarrollar nuestras fuerzas productivas y transformar la matriz primario
exportadora de herencia colonial, es una tarea solo realizable como proyecto
político de la clase trabajadora y los sectores marginados del desarrollo
capitalista dependiente. Como lo ha demostrado la historia, cuando el sistema
mundial del capital se contrae y obliga a nuestra américa periférica a
desarrollar sus propias fuerzas productivas, nos enfrentamos a dos proyectos de
clase: al socialismo y la transformación de la matriz colonial, o al fascismo y
la contención de las transformaciones estructurales por parte de una oligarquía
que no está a la altura del desafío de dinamizar las fuerzas productivas más
allá del modelo de expoliación. El
dilema latinoamericano entre socialismo y fascismo vuelve con todas sus
fuerzas.
Si es necesario, es posible. Ese voluntarismo enseñado
por Lenin y estipulado en el vínculo
siempre presente entre realidad y transformación, dada la conformación
contradictoria de la sociedad capitalista, es el ingrediente que hace de Lenin
el predecesor de un gran linaje de revolucionarios tales como Mao, Ho Chi Minh,
Fidel, el Che y nuestro reciente Hugo Rafael Chávez Frías.
Una de las construcciones teóricas más importantes de
Lenin, y de seguro la que más lo ha referenciado, es su análisis sobre la
cuestión del Estado. Lenin plantea el necesario paso por la dictadura del
proletariado, entendida como la ampliación de la democracia para los pobres,
junto con la restricción de las libertades para los explotadores. En la
transición al comunismo, el Estado se convierte en un semi Estado, en tanto sus funciones son socializadas y su poder de
coerción se concentra en una minoría que se resiste a socializar sus
privilegios. Como ha demostrado la historia reciente latinoamericana, los
Estados con proyectos de cambio que han socializado
las funciones estatales en la población, sobre todo las referidas a lo
militar, han logrado resistir las agresivas embestidas reaccionarias de
nuestras oligarquías regionales. Efectivamente, como señala Marx cuando se
refiere a la Comuna de París como un ejemplo de dictadura del proletariado, su carácter
distintivo, así como el de la República Bolivariana de Venezuela, es que el
pueblo se constituye como un ‘pueblo en armas’.
Otro aspecto notable del pensamiento de Lenin es el rol del partido revolucionario. Solo un
partido de masas claramente afincado en la clase trabajadora, de ideología
comunista y con una orientación revolucionaria clara puede conducir las
transformaciones hacia el socialismo. Ya que, en la dictadura del proletariado,
la “organización de la vanguardia de los oprimidos en clase dominante para
aplastar a los opresores, no puede conducir únicamente a la simple ampliación
de la democracia”[16], sino que, en ese
transcurso, debe conducir la sociedad tendiendo siempre a la socialización del
hacer económico y político para la “extinción del Estado”. Como dijo hace poco
en Cuba nuestro filosofo nacional Carlos Pérez Soto, la burocracia, como
segmento de las capas medias que se legitima en el conocimiento, será la
próxima ’clase’ dominante que “reemplazará a la burguesía en la gestión de la
democracia”[17].
Clase entre comillas, ya que solo hay dos clases en el capitalismo, y el
objetivo de una política revolucionaria hacia una sociedad sin clases es que
justamente dichas capas medias en la gestión del semi Estado de transición, no se conviertan en una clase social con
intereses propios distintos a los de la clase trabajadora.
VI.
Más allá de Lenin.
Reconociendo la pertinencia de Lenin, el desafío de la
gestión de la sociedad para la ‘extinción
del Estado’, asume la necesidad de pensar más allá de Lenin para evitar estancarse
en el proceso de transición al comunismo. Lenin pensaba que eran las capas
medias pequeño burguesas las que tenían las facilidades para la adquisición de
la conciencia socialista en el capitalismo, ya que al ser éste una dictadura,
marginaba al pueblo llano del pensamiento y ejercicio político. Rosa Luxemburgo
hacía un contrapunto frente a eso y planteaba – en consonancia con los
anarquistas- que la formación de la conciencia socialista es un esfuerzo
práctico y que tiene como base la formación
de los sujetos sociales en sujetos políticos.
Al presentar las tesis de abril de 1917 frente a las
bases jóvenes del Partido Bolchevique, Lenin señalaba que él no alcanzaría a
ver realizadas las ideas programáticas allí planteadas, sin sospechar en lo
absoluto que, en octubre de ese mismo año, el mundo miraría expectante como se
realizaba la utopía más esperada de la época moderna. Eso nos señala un hecho
que el mismo Lenin, en discusión con Rosa Luxemburgo, terminó por aceptar, que
es lo imprevisible de una revolución, y el potencial de la espontaneidad revolucionaria de las masas. Rosa fue aún más allá y
planteó la oposición entre burocratismo y espontaneidad, siendo esta última una
de las claves para la mantención de la marcha del proceso revolucionario.
Para Lenin, el socialismo en términos económicos sería
el paso siguiente “después del monopolio
capitalista de Estado[18]”
y ya sabemos cómo en la Unión Soviética se reprodujo la burocracia como
clase parasitaria, eliminando las posibilidades de continuar avanzando hacia el
comunismo. Por lo tanto, nuestro socialismo no debe entenderse en una lógica
defensiva. No podemos nuevamente atrincherarnos detrás del Estado burgués como si
fuese una contención efectiva de una siempre acechante reacción. Esa estrategia
solo nos lleva a la restauración capitalista. Todo lo contrario: entendiendo el
problema militar que implica el desafío revolucionario, la política socialista del siglo XXI tiene que ser de ofensiva, alterando
el metabolismo social del capital y no sólo quién administra el Estado o la
propiedad.
Para ello, como lo plantea Gramsci con el concepto de
‘guerra de posiciones’, la disputa hegemónica obliga al partido revolucionario a
cumplir el rol de ‘intelectualidad
orgánica’, acompañando los procesos de toma de control de los espacios y
territorios para la superación del Estado capitalista, y aportando a
transformar a los sujetos sociales en sujetos políticos.
En ese mismo sentido, una de las grandes ideas que
dejó el comandante Chávez es el fuerte impulso a la socialización del poder
político para la construcción de la organización política comunista de la
sociedad, incluso antes de desarrollar las transformaciones socialistas en
economía. Como una manera de que el pueblo entienda, defienda y protagonice las
transformaciones al régimen burgués de propiedad. Hoy, en Venezuela, se da la
contradicción sobre la que no me referiré en este texto, entre escandalosos
monopolios de importantes áreas de la economía nacional, y un desarrollo
político organizativo popular muy importante. Más allá de ese caso específico, lo
que quiero graficar, es que la viabilidad del proceso está justamente en
realizar las transformaciones
socialistas del Estado como forma de organización política de la sociedad,
para hacer sostenibles y posibles las transformaciones económicas.
VII.
Hacia el socialismo del siglo XXI.
El fracaso del socialismo soviético se debe a esa
línea defensiva en el abordaje del conflicto. El enemigo, siempre belicoso, es
un tigre de papel como lo describe
Mao, que aparenta ser poderoso pero que no resiste ni a la lluvia ni al
viento. Hoy, en el sistema mundo
capitalista cae una tormenta. Y es deber de las y los socialistas aprovechar
para cambiar el control del capital sobre el proceso metabólico social[19]. En ese sentido, atacar
las contradicciones que hacen del capitalismo un sistema social inviable,
planteando soluciones alternativas que
no reproduzcan la lógica del capital, y que afirmen, aquí y ahora, el
socialismo como una posibilidad de desarrollo para el siglo XXI.
Nuestro desafío es no sólo superar al capitalismo,
sino que terminar con las sociedades divididas en clases sociales. Por ello,
nuestra política debe concentrarse en el desarrollo del poder popular como táctica y estrategia para el desarrollo de las
competencias en las organizaciones populares, que las faculten como sujetos de
poder capaces de autogestionar su realidad y autorrepresentar sus intereses.
Esa es la garantía de una revolución socialista de carácter ‘permanente’.
En ese sentido, Marta Harnecker ha sistematizado las
experiencias de organización popular en Kerala, Cuba y Venezuela, y ha
presentado la propuesta de una planificación
participativa descentralizada[20]
como mecanismo de socialización del poder político y destrucción gradual
del Estado burgués. Para comenzar, explica la autora chilena, es necesaria la
división política administrativa tradicional de la sociedad en segmentos que
permitan la construcción de comunidad deliberante. La planificación descentralizada
ofrece una herramienta para la construcción del socialismo de vital
importancia.
Otra de las herramientas desarrolladas por la reciente
experiencia histórica latinoamericana es la democracia protagónica inaugurada por Hugo Chávez. Volviendo a la
idea de que el poder de la toma de decisiones fundamentales nunca debe estar
divorciado de las masas populares. En 1993 Chávez señala que: “el pueblo soberano debe transformarse a sí
mismo en el objeto y el sujeto del poder. Esta opción no es negociable para los
revolucionarios”[21].
El protagonismo popular y la planificación
descentralizada son aspectos claves en la edificación del nuevo Estado obrero o
del semi Estado de la dictadura del
proletariado. Sin embargo, el que el pueblo sea objeto y sujeto de poder, implica la soberanía del trabajo, no sólo en sus actividades políticas, sino
que además en la autodeterminación de la actividad productiva y distributiva,
afectando así todos los ámbitos del proceso metabólico social.
Sin lugar a dudas, la autodeterminación productiva y
distributiva es la línea divisoria
entre un proceso de tentativa
socialista y un socialismo auténtico en ‘revolución permanente’. Sin esta
progresiva, y definitiva transferencia del poder para la toma de decisiones
reproductivas y distributivas, no podremos hablar con propiedad que estamos
haciendo a una comunidad sujeto de poder, que es el carácter esencial del
comunismo.
-
Benjamín
Infante, población Marchant. Chile. Junio,
2020.
[1] Ernesto Laclau. Debates y combates (Fondo de Cultura
Económica, 2008), 42.
[2] Aguayo, Claudio, “Ruptura
democrática: los desafíos de una nueva izquierda”, Rebelión.
[3] Es preciso distinguir al capitalismo
como una de las formas específicas de desarrollo del capital. El capital es la apropiación privada del
trabajo y su consiguiente acumulación como riqueza por medio de la explotación.
El capitalismo una de las formas de esa apropiación, por medio del salario, la
mercancía y el plusvalor.
[4] Para leer específicamente el tema de las tendencias estructurales del
capital en crisis, sugiero revisar La
crisis estructural del capital de István Mészáros (Ministerio del Poder
Popular para la Comunicación, 2009).
[5] Istvan Mészáros, La crisis
estructural del capital. (Caracas: Ministerio del Poder Popular para la
Comunicación, 2009), 29.
[6] Matías Pérez Cruz, presidente
de Gasco https://www.latercera.com/pulso/noticia/episodio-tenso-la-jornada-reflexion-sofofa/882053/
[7] A pesar del anuncio presidencial
sobre el aumento del sueldo mínimo de 301 mil a 350 mil pesos, las
movilizaciones no cesan. En este contexto, la iniciativa bajo el hashtag
"primer piso" implementada por el dueño de Quiñenco, Andrónico
Luksic, quien aumenta a 500 mil pesos la remuneración mínima para todos sus
trabajadores, se propagó rápidamente. https://www.elmostrador.cl/mercados/2019/10/23/el-sindrome-luksic-las-empresas-que-se-han-sumado-al-aumento-del-salario-minimo-en-plena-crisis-social/
[8] Salvataje estatal a las
grandes empresas: ¿nacionalización parcial o total? https://www.elmostrador.cl/destacado/2020/04/02/el-coletazo-economico-del-coronavirus-en-latam-y-la-disyuntiva-del-salvajate-estatal-a-las-grande-empresas-nacionalizacion-parcial/
[9] Ver presentación de Iñigo Errejon en Izquierda Castellana, 2013. Vía La
Tuerka. Esta presentación se sustenta sobre la tesis doctoral del mismo sobre la lucha por la hegemonía durante el primer
gobierno del MAS (2006-2009).
[10] Shii
Kazuo, Japan Press Weekly. N°Especial. Octubre 2008: 20.
[11] Jan Doxrud, “Karl Marx:
tendencia decreciente de la tasa de ganancia”,
Liberty and Knowledge.
[12] John Mauldin citado en “Cita con Rama” de Luis Casado. Jonh Mauldin es
analista financiero, presidente de una editorial especializada en economía y
finanzas Thoughts from the Frontline.
[13] Ibíd.
[14] Inmanuel Wallerstein, Conocer el mundo saber el mundo (Madrid,
Siglo XXI, 2001), 72.
[15] Theotonio Dos Santos, Imperialismo y dependencia (México,
Ediciones Era, 1978), 80.
[16] El Estado y la revolución. Lenin. Edit.
Quimantú. 2011 P. 113.
[17] La idea de clase social en la época post fordista. Carlos Perez Soto. Clacso TV. 2019.
[18] Sobre el impuesto a la especie. Lenin. 1921.
P. 605.
[19] La crisis estructural del capital. István
Mészáros. P. 162.
[20] Planificando para construir organización comunitaria. Marta Harnecker. 2016.
[21] Pueblo, sufragio y democracia. Hugo
Chávez. 1993.

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