Allende: el retorno del mito
La figura
de Allende vuelve cada cierto tiempo a nuestra memoria por una u otra
excusa, el pasado sábado 11 de julio se conmemoraron 49 años de la
nacionalización del cobre durante su gobierno. Y, antes de eso, el viernes 26
de junio se conmemoraron 112 años de su natalicio. Ambas fueron excusas poderosas
para recordar, en términos etimológicos, volver
a pasar por el corazón, la gesta de los mil días del gobierno de la Unidad
Popular.
En cada una de estas excusas, ¿qué es lo que vuelve a nuestra memoria?
Sería imposible especificar qué es lo que sucesivamente retorna, ya que en gran
parte son sentimientos que se tornan imágenes de experiencias vividas. Como las
sonrisas de los pobres caminando abrazados ese 04 de septiembre, el momento en
que la democracia electoral se unió con los destinos del país y esas sonrisas
honestas confirman que quizás por primera vez, los pobres tuvieron poder sobre
el curso de la nación.
Es difícil expresar esos recuerdos, y puede
aquí que el lector no me entienda, pero estos recuerdos son recordados aún por
quienes no estuvimos presentes entre 1970 y 1973. Cuesta expresarlos, ya que
inevitablemente entrañan una profunda emoción. Es extraño recordar una
experiencia que no fue vivenciada y a la vez es irremediablemente cierto que la
sentimos propia. Desde el psicoanálisis, está vastamente estudiada la ‘transmisión’ intergeneracional del trauma,
dada la condición social de nuestra especie y el efecto que tiene en la memoria
colectiva la vivencia de hechos violentos.
Estos traumas se pueden instalar profundamente
en la memoria colectiva transmitiendo instintos aprendidos, expectativas y
problemas relacionales generalizados. Los llamados millenials somos la tercera
generación tras el quiebre abrupto de la democracia en nuestro país, en
nosotros el trauma sigue vivo y el mito que retorna nos recuerda nuestra
orfandad respecto a un Estado que no incluye a la población en las definiciones
colectivas de la nación.
El trauma psicosocial tiene tres aspectos que
lo definen: uno, su carácter contradictorio con el Estado e instituciones
liberales; dos, su afectación sobre las relaciones sociales; y, tres, la
necesidad de buscar las causas que lo explican[1].
De acuerdo a la experiencia comparada de la transmisión intergeneracional del
trauma, en los casos del Holocausto judío[2],
la tercera generación sintiéndose afectada por la experiencia negativa de la
primera generación, puede abordar la
necesidad de escudriñar sobre las causas del trauma psicosocial trasladando
su aprendizaje a un presente marcado por la ocupación israelí del territorio
palestino.
José Carlos Mariátegui, decía a propósito de la
idea de que el Imperio Inca era socialista que “el mito es revolucionario”. En ese sentido, Allende es la síntesis
de dos grandes constructos identitarios de nuestra historia nacional.
El primero, el mito de ser una nación resiliente que se levanta luego
de cada cataclismo con más fuerza con la tarea inmensa de la reconstrucción.
Somos los Sísifo empujando siempre para adelante la nación. Allende se empeñó
toda su vida en el proyecto de construir el socialismo en nuestro país, sus tres
campañas presidenciales antes de ser electo comenzaban un año antes de las
votaciones y la de 1964 es particularmente notoria ya que se dedicó a viajar en
tren por todo el territorio nacional, incluido nuestro querido Aysén sobre el
cual tenía una especial preocupación como lo desarrolla Ariel Elgueta[3].
Allende empujó una y otra vez la roca cuesta arriba y cada vez que se cayó la
volvió a acarrear, con la parsimonia que caracteriza el timbre metálico de sus
últimas palabras.
El segundo mito, fundacional de nuestro relato
patrio, es el mito de Arturo Prat Chacón.
El abogado era un soñador, un idealista que frente al inmenso acorazado se
lanza a la batalla contra todo cálculo de que fuera posible la victoria. La
historia de la Esmeralda contra el Huáscar tiene una importancia vital en
nuestra historia nacional y más aún en la identidad nacional. Desde el combate
naval de Iquique, se comenzó a construir lo que hoy entendemos por ‘chilenidad’.
Arturo Prat en contra del Huáscar es la historia de David contra Goliat, es
Chile enfrentándose a la inclemencia de la naturaleza y Salvador Allende
enfrentándose con su fusil en contra de los bombarderos y los tanques del
ejército en el asalto a la Moneda.
Nuestro país se debate actualmente en las
definiciones del modelo que va a reemplazar al neoliberal, lo que está en juego
en términos históricos es la forma de producción y distribución de bienes y
servicios en nuestro país, en otras palabras, el modo de producción.
Las formulas
keynesianas están desahuciadas por sus mismos defensores, los 30 años de
administración concertacionista, demuestran la radical falta de proyecto
político de lo que se ha denominado ‘centro-izquierda’ en nuestro país. Por
otro lado, las fórmulas que perpetúan el neoliberalismo con un rol más protagonista
del Estado en la represión y control sobre las masas, junto a un aumento del
gasto fiscal, no satisfacen, ni siquiera en discurso, las necesidades populares
expresadas en la grave crisis capitalista que vivimos.
Únicamente una propuesta política que supere
las formulas del área chica para la administración de lo existente, y que
señale un proyecto de sociedad distinta,
puede estar a la altura histórica de poner fin a la transición ‘democrática’. Esta
transición pactada está marcada por el arrebato de la soberanía popular en
manos de la tecnocracia. Por lo tanto, solo terminará cuando podamos votar en
las urnas, por primera vez desde 1970, un proyecto de sociedad que concilie a
la democracia con los proyectos de país,
y así, con las expectativas de las grandes mayorías nacionales, crónicamente
marginadas del ejercicio democrático transicional.
Allende es un mito que retorna cada vez que
tiene la oportunidad, ya que nos golpea la puerta para que tomemos “la lección moral que castigará la felonía y
la traición” de la burguesía de nuestro país. Para que nunca más en Chile
sientan la impunidad de cometer crímenes de lesa humanidad y luego amordazar la
voluntad popular al chantaje permanente de volverlos a realizar.
¿Quién fue Salvador Allende Gossens?
La figura de Allende representa la historia de una época, siendo ministro de salud del primer presidente de los gobiernos radicales, don Pedro Aguirre Cerda, con tan solo 33 años, hasta su muerte en combate en el palacio presidencial de La Moneda con 65 años, Allende transitó y protagonizo los más de 30 años de ‘desarrollo hacia adentro’ de nuestra nación. De la intentona de desarrollo nacional para ‘modificar los términos de intercambio’ de nuestro país primario exportador respecto al monopolio industrial de los países centrales.
En ese tránsito activo, Allende se convenció que la única forma de lograr ‘la independencia’ económica de nuestro país era a través de un activo protagonismo popular en las actividades productivas y sobre todo en el ejercicio de la democracia, que hasta ahora ha servido a un grupo minoritario de la población. Por ello es que el gobierno de la Unidad Popular, dentro de muchas otras medidas, fija al niño como “único privilegiado” en una clara política para atacar la configuración de la familia en el sistema capitalista, y crea el Área de Propiedad Social, que “no significa crear un capitalismo de Estado, sino el verdadero comienzo de una estructura socialista”[4].
[1] Martín-Baró, I. La violencia política y la guerra como causas del trauma psicosocial en
El Salvador. 1989.
[2] Chaitin,
J. Facing the Holocaust in generations of
families of survivors. 2000.
[3] Elgueta, Ariel. La obra del presidente Allende en la Patagonia
central. Editorial LOM. 2018
[4] Allende, Salvador. Primer mensaje
al Congreso Pleno. 21 de mayo de 1971.

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