miércoles, 3 de agosto de 2016

Presente inactual

Nos mean en la cara y dicen que llueve,
La vida no existe y sólo el amor nos mueve.
Estoy aquí y ahora,
Me rebelo contra el pasado que acogota
Y el futuro que moldea
Quiero presente inactual,
Contigo, conmigo construir un novedoso porvenir
De alternativas construidas
Por mi ser en huida
Todo el edificio de razones y pormenores,
Caerá como caera el falo de Paulman
Cuando dinamitemos no quedara
Ni sobra.
Solo un agujero enorme que llenaremos de vacios y tiempos libres.
Tu corazón con el mio palpitaran al unisono talvez,
Nos encontraremos en la micro
Tal vez,
Me llamaras algún día
Tal vez,
Y recuperaremos lo iniciado
Lo sé.
En realidad no lo sé
Ni sabre jamás,
Que artilugio puedo hacer para recuperarte.
Nada haré para ello,
No seras un fin ni yo un medio.
Tampoco quiero vivir en medio

De otros amores y pensamientos.




Mi Amor


            
El amor es el ‘querer bien’ a una o varias personas. El ‘querer bien’ a un(a) otro(a) es, saltándose el proceso de lógica, desear su felicidad en compañía mía; ser que ama. Si entendemos felicidad como la realización plena del individuo con sus pares, la única felicidad concebible es aquella que se funda en libertad y por ende el único amor real es el deseo de la libertad de mis seres amados. Bajo esta misma lógica el amor, que es inherentemente libre, solo alcanza su verdadera plenitud en una sociedad libre. Tal amor auténtico debe fundarse en una equivalente proporción de experiencia e ingenuidad, ya que mientras la experiencia nos susurra la imposibilidad del amor único, de esa mal llamada fidelidad, la ingenuidad nos permite considerar al amor fuera de los parámetros e imposiciones socioculturales, llevándolo a redefinirse como la capacidad y el poder de amar a varias personas al mismo tiempo, sin importar que varíen los propósitos para con estos sujetos.
            Por otra parte la concepción platónica del amor es la fundada en el principio de propiedad, en una lucha incansable de poderes por sobreponerse uno al otro determinando –casi en todos los casos- a un dominador y una dominada que le pertenece al primero, bajo el castigo divino y la legislación terrenal.
            Es en la antítesis de la posesión, es decir, en la libertad, donde se debe constituir el amor que sea capaz de reconocer el elemento humano de la “pluralidad del afecto”, que se hace irrefutable desde el momento en que uno ama a su padre y madre a la vez. O también cuando se siente un impúdico deseo sexual por algún tercero estando ya en pareja –situación más que recurrente, instintiva-. Este principio sumado al de la no propiedad nos lleva a pensar que el amor es, en cierto sentido, vivir en el temor de la posible pérdida del amado.

            Por tanto, el amor, al escapar de la hegemonía del individualismo, del castigo y al ser en definitiva libre, es un elemento destructor en contra del cálculo, del interés, de la especulación, del mundo profano y utilitario.

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