El amor es el ‘querer bien’ a una o varias personas. El ‘querer bien’ a un(a) otro(a) es, saltándose el proceso de lógica, desear su felicidad en compañía mía; ser que ama. Si entendemos felicidad como la realización plena del individuo con sus pares, la única felicidad concebible es aquella que se funda en libertad y por ende el único amor real es el deseo de la libertad de mis seres amados. Bajo esta misma lógica el amor, que es inherentemente libre, solo alcanza su verdadera plenitud en una sociedad libre. Tal amor auténtico debe fundarse en una equivalente proporción de experiencia e ingenuidad, ya que mientras la experiencia nos susurra la imposibilidad del amor único, de esa mal llamada fidelidad, la ingenuidad nos permite considerar al amor fuera de los parámetros e imposiciones socioculturales, llevándolo a redefinirse como la capacidad y el poder de amar a varias personas al mismo tiempo, sin importar que varíen los propósitos para con estos sujetos.
Por otra parte la concepción
platónica del amor es la fundada en el principio de propiedad, en una lucha
incansable de poderes por sobreponerse uno al otro determinando –casi en todos
los casos- a un dominador y una dominada que le pertenece al primero, bajo el
castigo divino y la legislación terrenal.
Es en la antítesis de la posesión,
es decir, en la libertad, donde se debe constituir el amor que sea capaz de
reconocer el elemento humano de la “pluralidad del afecto”, que se hace
irrefutable desde el momento en que uno ama a su padre y madre a la vez. O
también cuando se siente un impúdico deseo sexual por algún tercero estando ya
en pareja –situación más que recurrente, instintiva-. Este principio sumado al
de la no propiedad nos lleva a pensar que el amor es, en cierto sentido, vivir
en el temor de la posible pérdida del amado.
Por tanto, el amor, al escapar de la
hegemonía del individualismo, del castigo y al ser en definitiva libre, es un
elemento destructor en contra del cálculo, del interés, de la especulación, del
mundo profano y utilitario.

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