sábado, 21 de noviembre de 2020

Necesidad de pensar Chile con diversidad étnica

 

 


I

El ciclo de movilizaciones que sacudió al país cumple un decenio y solo hemos rasguñado las bases del régimen neoliberal. La causa de esto se debe, en parte, a que no hemos avanzado en construir, si quiera imaginar, una totalidad teórica de todos los movimientos contrarios al neoliberalismo. No hemos superado, quizás por su naturaleza histórica, el carácter focalizado, disperso y descoordinado de la movilización social. Todo esto es cosa dicha y como dijo el comandante de la más grande de las Antillas, la política es el arte de unir. Sin embargo, la realidad siempre se encarga de mostrarnos lo  complejo y difícil de lograrlo.

 

En esta columna no proponemos fórmulas para construir alianzas. Aquello está encima de nuestras posibilidades. Nuestra intención es reflexionar sobre la necesidad de abrir el dialogo y el entendimiento allí donde esté cerrado. Y, para nutrir esa reflexión, utilizamos nuestra propia experiencia: desde hace algunos años investigamos el conflicto étnico-territorial en el sur de Chile al tiempo que participamos en movimientos de izquierda. En ese ir y venir observamos dos espacios que escasamente dialogan pese a compartir una posición de contrariedad al neoliberalismo.

 

¿Cómo definir la relación entre los movimientos críticos chilenos y mapuche? Probablemente no hay una respuesta única. Digamos que ha variado en el tiempo; sin embargo para referimos al presente creemos que la figura que mejor lo grafica es  el desinterés mutuo que mantienen dos caballos de carrera. Más allá de las consignas y lugares comunes sobre la represión en el Wallmapu o el carácter del Estado wingka, no existe un diálogo sostenido que nutra la visión que uno tiene del otro. Verdaderamente los intentos por acercarse se reducen a un par de escritos entre intelectuales y protagonistas que lamentablemente no han logrado ir más allá de la circulación periodística y académica.[1]

 

Hilando un poco más observamos que del desinterés se salta, sin complicaciones, a la desconfianza e incluso a la denuncia. En diciembre del 2015, un grupo de intelectuales mapuche publicó en The Clinic una columna titulada colonialismo de izquierda. En ella denunciaron al historiador Leonardo León de relativizar la violencia de la ocupación de la Araucanía. Lo más notable de esa publicación fueron las reacciones ¡Y es que no hubo ninguna! De hecho, fuera del círculo del increpado, muy pocos se sintieron aludidos.  Que ningún dirigente o intelectual de las izquierdas considerara necesario desmentir o refutar esa acusación, hace pensar que ser acusado de sostener alguna forma de colonialismo no escandaliza (aun) lo suficiente.

 

Parte de este desentendido radica en una cuestión original muy grave: parece que en la izquierda se separa la realidad indígena de la propia y desconocemos que es tan cambiante como cualquiera. La recién publicada encuesta CEP, Mapuches urbanos y rurales hoy es una muestra de ello. En estos diez años las cosas han cambiado para quienes se identifican como mapuche y ¿sabemos acaso en qué sentido? Estos datos pendientes de análisis y reflexión son indicativos de aquellos vacíos urgentes de suplir si nos proponemos transformar un Chile étnicamente diverso o cuyo territorio acoge a más de una nación.

 

Pero nos hemos acostumbrado a evadir nuestra responsabilidad. La realidad indígena se suele ver integrada a las capas más pobres del pueblo o como una alteridad étnica en la que no participamos y no tenemos nada que decir. No querer verse en lo indígena es no querer pensarse desde aquellos que, como señala Zapata en una reciente columna en El Mostrador[2], han sido el punto de referencia para medir estatus social entre los integrantes de la sociedad chilena.

 

II

Hace más o menos un mes, leímos en Facebook que el vocalista del grupo ska italiano, Banda Basotti dijo al final de un concierto: “Porque el internacionalismo para nosotros es imprescindible... Un saludo a las hermanas y los hermanos mapuche”. La frase nos atrajo de inmediato: enunciaba un principio ético-político de la izquierda para con los oprimidos de todas las naciones. Conectaba con uno de los legados más significativos del campo socialista para el mundo: su compromiso con las luchas de liberación de los pueblos colonizados. Desde El Che hasta Lumumba promovieron esa lucha frontal contra del capitalismo colonialista. ¡Claro que era una buena frase! Sin embargo, dándole unas vueltas nos dimos cuenta que la razón había sido otra: nunca antes la habíamos escuchado. Era una frase impensada ¿o impensable?

 

Es quizás momento de actualizar esos conceptos, criticarlos y resignificarlos del mismo modo en que las definiciones ético-políticas del feminismo han forzado la revisión de las prácticas y agenda de los movimientos críticos. Para acaso detectar un colonialismo larvado en la izquierda o un esencialismo maniqueo en el movimiento mapuche, necesitamos estos conceptos, nuevos y legados, como condición mínima para mirar, conversar y prefigurar alianzas entre los movimientos contrarios al neoliberalismo.

 

El propio devenir del conflicto étnico-territorial hace urgente estos entendimientos. En nuestro trabajo hemos visto cómo la lucha contra las forestales transforma a campesinos y trabajadores en antagonistas de algunos luchadores mapuche. Esa tendencia debe revertirse. Mapuche, campesinos y trabajadores se encuentran estructuralmente oprimidos por las forestales. Convertir esas posiciones en potencia colectiva es posible en la medida que reconozcamos similares condiciones materiales en el otro y que sufrimos cada vez más equivalentes modos de subordinación.

 

Una de las imágenes más lindas, y quizás menos comentada, de la reciente revuelta chilota fue la de güilliches y chilotes marchando juntos. Participando de una identidad colectiva que no suprimió sus diversidades si no que las afirmó para la defensa de sus intereses y dignidad. He ahí la mayor evidencia de que es posible confiar en el otro y articular distintas identidades para construir totalidades políticas que afecten este país para mejor.



[1] Nos referimos por ejemplo al libro de Héctor Llaitul y Jorge Arrate (Weichun, 2014) y la edición Chile plurinacional en Le monde a cargo de Álvaro Ramis (2016)

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