I
El
ciclo de movilizaciones que sacudió al
país cumple un decenio y solo hemos rasguñado las bases del régimen neoliberal.
La causa de esto se debe, en parte, a que no hemos avanzado en construir, si
quiera imaginar, una totalidad teórica de todos los movimientos contrarios al
neoliberalismo. No hemos superado, quizás por su naturaleza histórica, el
carácter focalizado, disperso y descoordinado de la movilización social. Todo
esto es cosa dicha y como dijo el comandante de la más grande de las Antillas,
la política es el arte de unir. Sin embargo, la realidad siempre se encarga de
mostrarnos lo complejo y difícil de
lograrlo.
En
esta columna no proponemos fórmulas para construir alianzas. Aquello está
encima de nuestras posibilidades. Nuestra intención es reflexionar sobre la
necesidad de abrir el dialogo y el entendimiento allí donde esté cerrado. Y,
para nutrir esa reflexión, utilizamos nuestra propia experiencia: desde hace
algunos años investigamos el conflicto étnico-territorial en el sur de Chile al
tiempo que participamos en movimientos de izquierda. En ese ir y venir
observamos dos espacios que escasamente dialogan pese a compartir una posición
de contrariedad al neoliberalismo.
¿Cómo
definir la relación entre los movimientos críticos chilenos y mapuche? Probablemente no hay una
respuesta única. Digamos que ha variado en el tiempo; sin embargo para
referimos al presente creemos que la figura que mejor lo grafica es el desinterés mutuo que mantienen dos caballos de carrera. Más allá de las consignas y
lugares comunes sobre la represión en el Wallmapu o el carácter del Estado wingka, no existe un diálogo sostenido
que nutra la visión que uno tiene del otro. Verdaderamente los intentos por
acercarse se reducen a un par de escritos entre intelectuales y protagonistas que
lamentablemente no han logrado ir más allá de la circulación periodística y
académica.[1]
Hilando
un poco más observamos que del desinterés se salta, sin complicaciones, a la
desconfianza e incluso a la denuncia. En diciembre del 2015, un grupo de intelectuales
mapuche publicó en The Clinic una
columna titulada colonialismo de
izquierda. En ella denunciaron al historiador Leonardo León de relativizar
la violencia de la ocupación de la Araucanía. Lo más notable de esa publicación
fueron las reacciones ¡Y es que no hubo ninguna! De hecho, fuera del círculo
del increpado, muy pocos se sintieron aludidos. Que ningún dirigente o intelectual de las
izquierdas considerara necesario desmentir o refutar esa acusación, hace pensar
que ser acusado de sostener alguna forma de colonialismo no escandaliza (aun) lo
suficiente.
Parte
de este desentendido radica en una cuestión original muy grave: parece que en
la izquierda se separa la realidad indígena de la propia y desconocemos que es
tan cambiante como cualquiera. La recién publicada encuesta CEP, Mapuches urbanos y rurales hoy es una muestra de
ello. En estos diez años las cosas han cambiado para quienes se identifican
como mapuche y ¿sabemos acaso en qué sentido? Estos datos
pendientes de análisis y reflexión son indicativos de aquellos vacíos urgentes
de suplir si nos proponemos transformar un Chile étnicamente diverso o cuyo
territorio acoge a más de una nación.
Pero nos hemos
acostumbrado a evadir nuestra responsabilidad. La realidad indígena se suele
ver
integrada a las capas más pobres del pueblo o como una alteridad étnica en la
que no participamos y no tenemos nada que decir. No querer verse en
lo indígena es no querer pensarse desde aquellos que, como señala Zapata en una
reciente columna en El Mostrador[2], han
sido el punto de referencia para medir estatus social entre los integrantes de
la sociedad chilena.
II
Hace
más o menos un mes, leímos en Facebook que el vocalista del grupo ska italiano,
Banda Basotti dijo al final de un concierto: “Porque el internacionalismo para nosotros es imprescindible... Un
saludo a las hermanas y los hermanos mapuche”. La frase nos atrajo de
inmediato: enunciaba un principio ético-político de la izquierda para con los
oprimidos de todas las naciones. Conectaba con uno de los legados más
significativos del campo socialista para el mundo: su compromiso con las luchas
de liberación de los pueblos colonizados. Desde El Che hasta Lumumba
promovieron esa lucha frontal contra del capitalismo colonialista. ¡Claro que
era una buena frase! Sin embargo, dándole unas vueltas nos dimos cuenta que la
razón había sido otra: nunca antes la habíamos escuchado. Era una frase
impensada ¿o impensable?
Es
quizás momento de actualizar esos conceptos, criticarlos y resignificarlos del
mismo modo en que las definiciones ético-políticas del feminismo han forzado la
revisión de las prácticas y agenda de los movimientos críticos. Para acaso
detectar un colonialismo larvado en la izquierda o un esencialismo maniqueo en
el movimiento mapuche, necesitamos estos conceptos, nuevos y legados, como
condición mínima para mirar, conversar y prefigurar alianzas entre los
movimientos contrarios al neoliberalismo.
El
propio devenir del conflicto étnico-territorial hace urgente estos entendimientos.
En nuestro trabajo hemos visto cómo la lucha contra las forestales transforma a
campesinos y trabajadores en antagonistas de algunos luchadores mapuche. Esa
tendencia debe revertirse. Mapuche, campesinos y trabajadores se encuentran estructuralmente
oprimidos por las forestales. Convertir esas posiciones en potencia colectiva es
posible en la medida que reconozcamos similares condiciones materiales en el
otro y que sufrimos cada vez más equivalentes modos de subordinación.
Una de
las imágenes más lindas, y quizás menos comentada, de la reciente revuelta chilota
fue la de güilliches y chilotes marchando juntos. Participando de una identidad
colectiva que no suprimió sus diversidades si no que las afirmó para la defensa
de sus intereses y dignidad. He ahí la mayor evidencia de que es posible
confiar en el otro y articular distintas identidades para construir totalidades
políticas que afecten este país para mejor.
[1] Nos referimos por ejemplo al libro de Héctor Llaitul y Jorge Arrate
(Weichun, 2014) y la edición Chile
plurinacional en Le monde a cargo de Álvaro Ramis (2016)
[2] Publicada vía online el Lunes 13 de Junio. Ver: http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2016/06/13/jouannet-y-la-mestizofilia/
