La militancia comunista libertaria se ha ido formando de
manera orgánica por ya más de una década, y en este transcurso, hemos ido
afinando la batería conceptual con la que buscamos transformar la realidad que
nos ha tocado vivir. Esta breve columna busca resaltar, de manera escueta e
insuficiente, aquellos elementos claves sobre los cuales nuestra identidad como
corriente política revolucionaria se ha ido forjando en sintonía con el desafío
colectivo de internalizar la tradición para superarla, y así, de una vez por
todas, construir la izquierda que demanda el actual ciclo político.
Es insoslayable que nuestra militancia orgánica se ha
formado en la tentativa de reflejar nuevos
marcos ético morales que guían una acción política sustancialmente diferente de
lo que recurrentemente llamamos ‘izquierda tradicional’. Recogimos el mito como
componente ordenador de nuestra acción política y asumimos gustosos la
dimensión sacrificial y el compromiso exacerbado que reivindicará para sí la
mística mirista. En nuestra época,
como en lo que Gillman llama la ‘larga
década de los sesenta’, la relevancia de la praxis es inmensa, hasta el
punto que tendemos a asumirla como dimensión concluyente de la formación
militante. En nuestra época como en la ‘larga
década’, las condiciones objetivas están desfasadas respecto a las
subjetivas. Las posibilidades de cambio están dadas, sin embargo no encontramos
las herramientas para impulsar los cambios necesarios y como antes, debemos
construirlas en un tiempo demasiado corto. No por ello cometeremos el error de enfocarnos
sólo en la formulación política, en la abstracción teórica o en el voluntarismo
sin guía.
Las herramientas que necesitamos no las encontramos sino
en nosotros mismos, en el ejercicio práctico de vincular por medio de la
movilización de masas la coyuntura con la estructura. Para hacer de nuestra formulación
política acción revolucionaria necesitamos cuadros que no caminen delante, ni
detrás, sino al lado junto al pueblo, interpretando adecuadamente las
necesidades que lo movilizan. Que resalten, en dicho movimiento, las
contradicciones que habitan en la realidad, aquel nudo que conecta el presente
con el futuro. Que acumulen fuerza propia por medio de revitalizar la acción
colectiva como instrumento efectivo para la resolución de conflictos de manera
favorable a los intereses históricos de las clases populares. Ambas tareas:
desnudar contradicciones sistémicas y acumular fuerzas, son las invariables y por
lo mismo, son insuficientes.
Por eso, nuestra militancia ha planteado una batería
táctica en el marco de una estrategia específica para la correlación de fuerzas
que marca el período. Sobre eso no tratará esta breve columna, pero invito a
los interesados a entender lo que proponemos en la estrategia de Ruptura
Democrática. En esta fase que entendemos de defensiva estratégica, la táctica
decisiva para pasar a una correlación de fuerzas más favorable demanda una
profunda política de cuadros, pero exige también una estructura de masas.
Necesitamos un partido democrático de masas pero con una política de formación
de cuadros.
Estamos empapados del mismo sentido de urgencia de la
generación de revolucionarios que nos antecede, la crisis capitalista nos
estalla en la cara y depende de nosotros que sus consecuencias sean favorables
para los intereses del trabajo vivo en la lucha de clases internacional que se
desarrolla. Las crisis en el capitalismo son cíclicas, qué duda cabe, y las
condiciones subjetivas no están a la altura del conflicto que se nos presenta.
Frecuentemente estas crisis culminan en guerras imperialistas o en reacciones
de los sectores menos lúcidos de las clases dominantes, es curioso, pero la
frase que resonó en la década de los 30's vuelve a tener sentido, los
resultados del concierto internacional se debaten en nuestra américa, en Europa
o en medio oriente entre ‘socialismo o
barbarie’.
Somos una izquierda nueva, en el sentido que realizamos
una crítica a las nociones que guiaron a la admirable generación que nos
antecedió, recuperamos su vitalismo y la conexión entre contemplación y acción,
la importancia de la pluma y del fusil, del desarrollo intelectual y la
determinación para lo práctico. Lo libertario supone primero un reconocimiento
a las luchas populares que nos antecedieron, segundo una profunda crítica de
todo lo realizado y una vocación por superarlo.
Nuestro plan estratégico.
Criticamos duramente la idea de ‘toma del poder’. El poder lo entendemos como una relación, y en
tanto constructo relacional, no se toma sino que se construye, en ese mismo
sentido, el Estado no es sino la cristalización de un determinado estado de las
relaciones de poder en una sociedad, nos parece burdo enfrentar el dilema
revolucionario sólo desde la esfera político militar como si el Estado burgués
fuera simplemente un conjunto de instituciones burocráticas y complejos
represivos. No. El desafío es mucho mayor, son legitimidades, sentidos comunes,
aquello que Gramsci llamará hegemonía. Militarmente, la revolución no es sólo
una guerra de movimientos [Lenin], como si se tratará de formar un ejército
profesional que consiga tomar el cielo por asalto. La revolución es además una
guerra de posiciones [Gramsci], de disputa ideológica de masas, de disputa de
las capas medias que están entre los sectores del proletariado que se entienden
como clase trabajadora y piensan desde allí, y entre los sectores organizados
de la burguesía nacional e internacional que gobiernan desde su interés de
clase, vinculado claro está, al imperial.
Rechazamos la idea de una vanguardia única de la
revolución. Primero quienes nos podemos denominar vanguardia revolucionaria o ‘minoría activa’ nos entenderemos como
el conjunto de personas que militamos por la realización de los intereses
históricos de la clase trabajadora día a día, ‘veinticuatro siete’, ¿nuestro
rol? Interpretar las necesidades que movilizan a las masas que se sienten
ofendidas por el capitalismo, que sufren similares condiciones materiales y una
misma subordinación política. Dicha interpretación siempre que emerja desde la
efectiva participación en las luchas sociales será un aporte para el auto
movimiento del pueblo en antagonismo a los intereses de los poderosos y
generará conocimiento situado. La intelectualidad
orgánica no es sino la capacidad de pensarnos a nosotros mismos
reconociendo las condiciones que nos constituyen y los intereses que nos guían.
Es un rol que toda luchadora social ha de ejercer. Pensarnos asimilando toda
influencia foránea y de ahí sacar un pensamiento original.
Cuestionamos la idea de un sujeto único. Para disputar la
hegemonía socialista, el sujeto trabajador no basta como único agente del
proceso transformador. Revirtiendo la lógica unidireccional que establece lo
que se conoce como ‘marxismo vulgar’
entre la estructura económica y la superestructura ideológica, planteamos que
hay una relación recíproca entre una y otra. En sencillo, hay muchos más
agentes que interfieren en el campo de las ideas y la opinión de una sociedad
que pueden modificar la relación entre las cosas y las gentes entre sí. Hay
palabras que normalmente se encuentran en desuso y que emergen en períodos de
crisis que dicen relación con esta idea que postulamos de un sujeto múltiple. Significantes vacías
como les llamará Laclau, se llenan de significado según el momento emergente e
incluyen capas medias que no están comprendidas en el significante
proletariado. En nuestro momento, como damos una lucha por soberanía en contra
de un neoliberalismo con evidentes técnicas de acumulación originaria y super
explotación, aquellas significantes a disputar son patria, pueblo, nación,
indígena, mujer, entre muchos otros. También la idea de sujeto múltiple se justifica
en una particular lectura de la sociedad de clases en países dependientes o
semi coloniales como el nuestro, donde existe una amplia franja de pueblo
marginado que construye sus propias redes económicas y espacios de realización
subsumiendo actores que siendo rigurosos habría que catalogar de pequeña
burguesía al tener posesión sobre ‘medios de producción’.
En ese sentido, el viejo llamado a la praxis que hiciera
Bakunin bajo el rotulo de la formula ‘emancipación por la práctica’ se
reactualiza en la estrategia general de Poder Popular entendido como el
tránsito histórico que se traza un pueblo en un determinado contexto por la
recuperación de su hacer económico y en el ejercicio del autogobierno popular. En
términos teóricos lo libertario dice relación con sobreponer el desarrollo
histórico de la teoría crítica como unidad legitimada en la eficacia de la
acción emancipadora sobre la totalidad de la realidad, comprender que la
sustancia de la acción subversiva habita en el movimiento de las masas
oprimidas y relevar en dicha acción emancipadora la importancia de lo político en el problema de dominación.
En la acción emancipadora es importante añadir el vínculo existente entre
negación de lo existente y prefiguración de lo deseado. Los oprimidos no sólo
afirmamos un proyecto histórico de humanización a medida que desarrollamos
nuestra autodeterminación política y recuperamos nuestro hacer económico, sino
que también negamos aquello que nos domina, y en función de la negación,
proyectamos lo deseado.
Lo libertario teóricamente construye su hábitat en dos
esferas; una analítica, que es reconocer el auto movimiento histórico de las
sociedades capitalistas entorno a las contradicciones que las moldean y por
tanto que la acción emancipadora se debate en la intervención de dicha historia
en función de la autodeterminación política y recuperación del hacer económico
popular. Otra esfera volitiva que dice relación con la recuperación de la idea
de ‘sociedad buena’ como una posibilidad histórica plausible y deseable, que
pone en el centro de su desarrollo la felicidad humana como producto de la
autogestión política y la comunidad económica. Esta noción atenta contra la
valoración social del capitalismo donde el desarrollo de las fuerzas productivas
e índices de capital per cápita genera bienestar, y propone una escala de
valoración distinta que dice relación con la reciente inclusión de Índices de
Desarrollo humano, casos emblemáticos en este sentido son los índices de
felicidad que han alcanzado Cuba y Venezuela. Pero va más allá, y supone la
idea de que hay justicia que no está comprendida en el derecho cualquiera éste
sea. Que hay un ideal de realización colectiva que exige una ética universal
que demanda lucha cotidiana en cualquier sociedad, más aún en la socialista.
