sábado, 17 de diciembre de 2011

Identidad Política y militancia libertaria, reflexiones sobre el curso del nuevo ciclo político.



La militancia comunista libertaria se ha ido formando de manera orgánica por ya más de una década, y en este transcurso, hemos ido afinando la batería conceptual con la que buscamos transformar la realidad que nos ha tocado vivir. Esta breve columna busca resaltar, de manera escueta e insuficiente, aquellos elementos claves sobre los cuales nuestra identidad como corriente política revolucionaria se ha ido forjando en sintonía con el desafío colectivo de internalizar la tradición para superarla, y así, de una vez por todas, construir la izquierda que demanda el actual ciclo político.

Es insoslayable que nuestra militancia orgánica se ha formado en la tentativa de reflejar nuevos marcos ético morales que guían una acción política sustancialmente diferente de lo que recurrentemente llamamos ‘izquierda tradicional’. Recogimos el mito como componente ordenador de nuestra acción política y asumimos gustosos la dimensión sacrificial y el compromiso exacerbado que reivindicará para sí la mística mirista. En nuestra época, como en lo que Gillman llama la ‘larga década de los sesenta’, la relevancia de la praxis es inmensa, hasta el punto que tendemos a asumirla como dimensión concluyente de la formación militante. En nuestra época como en la ‘larga década’, las condiciones objetivas están desfasadas respecto a las subjetivas. Las posibilidades de cambio están dadas, sin embargo no encontramos las herramientas para impulsar los cambios necesarios y como antes, debemos construirlas en un tiempo demasiado corto. No por ello cometeremos el error de enfocarnos sólo en la formulación política, en la abstracción teórica o en el voluntarismo sin guía.

Las herramientas que necesitamos no las encontramos sino en nosotros mismos, en el ejercicio práctico de vincular por medio de la movilización de masas la coyuntura con la estructura. Para hacer de nuestra formulación política acción revolucionaria necesitamos cuadros que no caminen delante, ni detrás, sino al lado junto al pueblo, interpretando adecuadamente las necesidades que lo movilizan. Que resalten, en dicho movimiento, las contradicciones que habitan en la realidad, aquel nudo que conecta el presente con el futuro. Que acumulen fuerza propia por medio de revitalizar la acción colectiva como instrumento efectivo para la resolución de conflictos de manera favorable a los intereses históricos de las clases populares. Ambas tareas: desnudar contradicciones sistémicas y acumular fuerzas, son las invariables y por lo mismo, son insuficientes.

Por eso, nuestra militancia ha planteado una batería táctica en el marco de una estrategia específica para la correlación de fuerzas que marca el período. Sobre eso no tratará esta breve columna, pero invito a los interesados a entender lo que proponemos en la estrategia de Ruptura Democrática. En esta fase que entendemos de defensiva estratégica, la táctica decisiva para pasar a una correlación de fuerzas más favorable demanda una profunda política de cuadros, pero exige también una estructura de masas. Necesitamos un partido democrático de masas pero con una política de formación de cuadros.

Estamos empapados del mismo sentido de urgencia de la generación de revolucionarios que nos antecede, la crisis capitalista nos estalla en la cara y depende de nosotros que sus consecuencias sean favorables para los intereses del trabajo vivo en la lucha de clases internacional que se desarrolla. Las crisis en el capitalismo son cíclicas, qué duda cabe, y las condiciones subjetivas no están a la altura del conflicto que se nos presenta. Frecuentemente estas crisis culminan en guerras imperialistas o en reacciones de los sectores menos lúcidos de las clases dominantes, es curioso, pero la frase que resonó en la década de los 30's vuelve a tener sentido, los resultados del concierto internacional se debaten en nuestra américa, en Europa o en medio oriente entre ‘socialismo o barbarie’.

Somos una izquierda nueva, en el sentido que realizamos una crítica a las nociones que guiaron a la admirable generación que nos antecedió, recuperamos su vitalismo y la conexión entre contemplación y acción, la importancia de la pluma y del fusil, del desarrollo intelectual y la determinación para lo práctico. Lo libertario supone primero un reconocimiento a las luchas populares que nos antecedieron, segundo una profunda crítica de todo lo realizado y una vocación por superarlo.

Nuestro plan estratégico.

Criticamos duramente la idea de ‘toma del poder’. El poder lo entendemos como una relación, y en tanto constructo relacional, no se toma sino que se construye, en ese mismo sentido, el Estado no es sino la cristalización de un determinado estado de las relaciones de poder en una sociedad, nos parece burdo enfrentar el dilema revolucionario sólo desde la esfera político militar como si el Estado burgués fuera simplemente un conjunto de instituciones burocráticas y complejos represivos. No. El desafío es mucho mayor, son legitimidades, sentidos comunes, aquello que Gramsci llamará hegemonía. Militarmente, la revolución no es sólo una guerra de movimientos [Lenin], como si se tratará de formar un ejército profesional que consiga tomar el cielo por asalto. La revolución es además una guerra de posiciones [Gramsci], de disputa ideológica de masas, de disputa de las capas medias que están entre los sectores del proletariado que se entienden como clase trabajadora y piensan desde allí, y entre los sectores organizados de la burguesía nacional e internacional que gobiernan desde su interés de clase, vinculado claro está, al imperial.

Rechazamos la idea de una vanguardia única de la revolución. Primero quienes nos podemos denominar vanguardia revolucionaria o ‘minoría activa’ nos entenderemos como el conjunto de personas que militamos por la realización de los intereses históricos de la clase trabajadora día a día, ‘veinticuatro siete’, ¿nuestro rol? Interpretar las necesidades que movilizan a las masas que se sienten ofendidas por el capitalismo, que sufren similares condiciones materiales y una misma subordinación política. Dicha interpretación siempre que emerja desde la efectiva participación en las luchas sociales será un aporte para el auto movimiento del pueblo en antagonismo a los intereses de los poderosos y generará conocimiento situado. La intelectualidad orgánica no es sino la capacidad de pensarnos a nosotros mismos reconociendo las condiciones que nos constituyen y los intereses que nos guían. Es un rol que toda luchadora social ha de ejercer. Pensarnos asimilando toda influencia foránea y de ahí sacar un pensamiento original.

Cuestionamos la idea de un sujeto único. Para disputar la hegemonía socialista, el sujeto trabajador no basta como único agente del proceso transformador. Revirtiendo la lógica unidireccional que establece lo que se conoce como ‘marxismo vulgar’ entre la estructura económica y la superestructura ideológica, planteamos que hay una relación recíproca entre una y otra. En sencillo, hay muchos más agentes que interfieren en el campo de las ideas y la opinión de una sociedad que pueden modificar la relación entre las cosas y las gentes entre sí. Hay palabras que normalmente se encuentran en desuso y que emergen en períodos de crisis que dicen relación con esta idea que postulamos de un sujeto múltiple. Significantes vacías como les llamará Laclau, se llenan de significado según el momento emergente e incluyen capas medias que no están comprendidas en el significante proletariado. En nuestro momento, como damos una lucha por soberanía en contra de un neoliberalismo con evidentes técnicas de acumulación originaria y super explotación, aquellas significantes a disputar son patria, pueblo, nación, indígena, mujer, entre muchos otros. También la idea de sujeto múltiple se justifica en una particular lectura de la sociedad de clases en países dependientes o semi coloniales como el nuestro, donde existe una amplia franja de pueblo marginado que construye sus propias redes económicas y espacios de realización subsumiendo actores que siendo rigurosos habría que catalogar de pequeña burguesía al tener posesión sobre ‘medios de producción’.

En ese sentido, el viejo llamado a la praxis que hiciera Bakunin bajo el rotulo de la formula ‘emancipación por la práctica’ se reactualiza en la estrategia general de Poder Popular entendido como el tránsito histórico que se traza un pueblo en un determinado contexto por la recuperación de su hacer económico y en el ejercicio del autogobierno popular. En términos teóricos lo libertario dice relación con sobreponer el desarrollo histórico de la teoría crítica como unidad legitimada en la eficacia de la acción emancipadora sobre la totalidad de la realidad, comprender que la sustancia de la acción subversiva habita en el movimiento de las masas oprimidas y relevar en dicha acción emancipadora la importancia de lo político en el problema de dominación. En la acción emancipadora es importante añadir el vínculo existente entre negación de lo existente y prefiguración de lo deseado. Los oprimidos no sólo afirmamos un proyecto histórico de humanización a medida que desarrollamos nuestra autodeterminación política y recuperamos nuestro hacer económico, sino que también negamos aquello que nos domina, y en función de la negación, proyectamos lo deseado.

Lo libertario teóricamente construye su hábitat en dos esferas; una analítica, que es reconocer el auto movimiento histórico de las sociedades capitalistas entorno a las contradicciones que las moldean y por tanto que la acción emancipadora se debate en la intervención de dicha historia en función de la autodeterminación política y recuperación del hacer económico popular. Otra esfera volitiva que dice relación con la recuperación de la idea de ‘sociedad buena’ como una posibilidad histórica plausible y deseable, que pone en el centro de su desarrollo la felicidad humana como producto de la autogestión política y la comunidad económica. Esta noción atenta contra la valoración social del capitalismo donde el desarrollo de las fuerzas productivas e índices de capital per cápita genera bienestar, y propone una escala de valoración distinta que dice relación con la reciente inclusión de Índices de Desarrollo humano, casos emblemáticos en este sentido son los índices de felicidad que han alcanzado Cuba y Venezuela. Pero va más allá, y supone la idea de que hay justicia que no está comprendida en el derecho cualquiera éste sea. Que hay un ideal de realización colectiva que exige una ética universal que demanda lucha cotidiana en cualquier sociedad, más aún en la socialista.

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